Bárbara es una mujer siniestra, su presencia, aunque no es intimidante, es también siniestra, y produce, en quienes saben lo que hizo, esa repulsión típica que se siente por una serpiente de cascabel.
Es una mujer común y corriente, de piel blanca, gorda y menopáusica; tiene cincuenta y dos años de edad y seis de andar huyendo. Como dice un oficial de la Dirección de Investigación Criminal (DNIC), Bárbara hace honor a su nombre. Ella es la madrastra siniestra.
Casada con Eduardo en segundas nupcias, aceptó en su hogar a los dos hijos pequeños de su esposo y prometió ser una madre para ellos. Lo que no aclaró es que ella sería del tipo de madre que es la hembra del alacrán, que cuando siente que sus hijitos la molestan demasiado, hace a un lado el estorbo y, furiosa, les clava su aguijón en la cabeza y luego se los come, en una orgía grotesca que los entomólogos aún no han podido explicar.
Y a Bárbara pronto le estorbaron los hijos ajenos. Manuelito tenía seis años, aunque aparentaba menos, estaba flaco, peludo y lleno de piojos, pasaba más hambres que el Chavo del 8 y tenía en sus ojos hundidos esa tristeza permanente que le producían la desaparición de su madre y los abusos constantes de la mujer que prometió cuidar de él y de su hermanita como si fueran sus propios hijos.
SUFRIMIENTO. Sus gritos de dolor eran casi un himno entre los vecinos; Bárbara lo golpeaba por cualquier cosa y siempre que se le daba la gana pero, a pesar de la indignación que esto producía en los vecinos, nadie se atrevía a denunciar el salvajismo de aquella mujer detestable.
Eduardo tampoco hacía nada, aunque sabía muy bien lo que sufrían sus niños. Mientras unas vecinas decían que estaba embrujado, otras, más lógicas, decían que aquel pobre hombre era el esclavo sexual de aquella gemela de Mesalina.
CRIMEN. El clímax de esa orgía de abusos llegó una tarde de octubre de 2003. Manuelito, vestido con los harapos que apenas cubrían su cuerpo lleno de moretones, se acercó a su madrastra, con un plato vacío en las manos.
El guiso que la mujer acababa de cocinar despedía un aroma delicioso y el niño tenía hambre. Dice una vecina que Bárbara estaba lavando ropa en la pila, en el centro del patio, que ella vio cuando Manuelito se le acercó y que, aunque no escuchó lo que le dijo, sí vio la máscara de odio que cubrió el rostro de la mujer.
El niño se estremeció de pies a cabeza y la miró aterrorizado, abrió la boca para decir algo, dejó caer el plato y quiso alejarse de ahí, justo en el momento en que Bárbara lo agarraba del pelo y, con un impulso violento le estrellaba la cabecita en el borde de la pila.
Manuelito no gritó siquiera, parecía un muñeco de trapo en las manos de aquella bestia sanguinaria que empezó a insultarlo mientras lo lanzaba al suelo como si lanzara un fardo de ropa.
Dice el forense que el niño tenía fracturado el cráneo, que las astillas de hueso le rompieron las meninges, lesionaron el cerebro y produjeron una hemorragia interna que terminó matándolo en varias horas de triste agonía. Pero Bárbara no estaba satisfecha.
Dejó al niño tirado en el suelo, se fue a la cocina, echando rayos por los ojos y maldiciendo la hora en que aceptó “juntarse” con Eduardo, y la vecina la vio regresar con un pedazo de leña encendido en las manos. Dice la vecina que ella estaba en shock, como si de pronto se hubiera convertido en una estatua de piedra, y que por un momento creyó que lo que estaba sucediendo ante sus ojos era una pesadilla de la que no se podía despertar. Las ramas de un árbol la escondían de las miradas furiosas de semejante bestia y sentía que sus palabras le taladraban los tímpanos.
Sabía que Bárbara era violenta, que a sus cuarenta y seis años tenía en el alma todas las frustraciones y amarguras del mundo, y sabía también que no quería a los hijos de su esposo y que jamás podría aceptarlos; además, como todos los vecinos, sabía que los maltrataba y que se refería a ellos como “un estorbo que estarían mejor si se murieran”.
Pero nadie podía decir o hacer nada y menos cuando al propio Eduardo no le importaba la forma un poco exagerada en que su esposa “disciplinaba” a sus hijos. Dice la vecina que por eso ella no dijo nada y solo se limitó a ver aquella escena que parecía salida de una película de terror.
EL COLMO. Manuelito estaba boca abajo y gemía de dolor; la vecina cree que no estaba inconsciente, como dice el médico, porque de vez en cuando movía las piernitas delgadas y llenas de granos, pero no podía levantarse.
“Tal vez el niño quería huir de su madrastra porque sabía que aquello no terminaba ahí”. Bárbara se le acercó bufando enfurecida, se agachó sobre él, agarró el leño encendido con una mano y con la otra le bajó el pantaloncito y el calzoncillo lleno de agujeros, agarró el leño con fuerza, le separó las nalguitas con los dedos y le metió la brasa al rojo vivo en el ano, empujándola y retorciéndola con fuerza para hacer el mayor daño posible.
En ese momento la vecina dio un grito de terror y Bárbara supo que habían tenían testigos de su salvajismo. El olor a carne quemada llenó el ambiente y todavía hoy la vecina se estremece al recordar esa escena que jamás se borrará de su mente.
Cuando la Policía llegó a su casa, Manuelito agonizaba, Bárbara había desaparecido y los socorristas de la Cruz Roja llevaron al niño al hospital. La Fiscalía de la Niñez intervino, la DNIC llenó página tras página de un informe escandaloso y el juez firmó indignado la orden de captura contra aquella serpiente.
Para entonces, Manuelito estaba muerto. Aquel crimen estremeció a la sociedad de Santa Bárbara y los detectives juraron que no dejarían este mundo antes de llevar a la asesina a la cárcel. La semana pasada, el ocho de febrero, Bárbara cayó en manos de la Policía; fue capturada junto a su marido.
Los detectives la buscaban hasta debajo de la piedras y Francisco Murillo tomó aquella detención como un caso especial de la institución. La mujer pasó seis años escondiéndose de la justicia. Hoy está tras las rejas, a la espera del juicio que la dejará en la cárcel el resto de su vida.
OTRA BESTIA. Stephany es una mujer bonita, piel canela, de baja estatura, anchas caderas, cara agradable y mirada serena y sincera, igual que su sonrisa, llena de dientes grandes y blancos; casada y con una hija, es detective de la DNIC desde hace cuatro años y ama su profesión tanto como a su marido.
Cree que el general Murillo hace un buen trabajo y que debe seguir una buena temporada más. Odia a los abusadores de niños y persigue con furia a los asesinos de mujeres. Por eso no puede olvidar el caso del asesinato de la colonia el Hato, y cree que no lo olvidará jamás.
Cuando la eligieron para formar parte de los investigadores de femicidios, creyó que su trabajo le daría algún descanso, pero pronto se dio cuenta de que no era así. Y, desde esa noche en que fue al levantamiento de aquel cadáver, supo que eso era lo que más le gustaba, y se siente bien haciendo lo que hace.
LA CASETA. Eran casi las ocho de la noche, estaba oscuro y caía una lluvia leve, aunque el viento soplaba con fuerza y se sentía frío. Un vagabundo que buscaba donde dormir había descubierto el cuerpo y varios vecinos de la colonia avisaron a la Policía. La muchacha estaba tirada en el suelo sucio, lleno de periódicos viejos, pedazos de cartón, heces fecales secas y algunos ladrillos sueltos.
Estaba boca arriba, tenía los ojos abiertos, con un brillo de terror que la muerte no había podido apagar todavía, tenía una herida circular en el cuello, por la que se le había escapado la vida y nadaba en un charco enorme de su propia sangre. Su pantalón estaba enrollado hasta debajo de las rodillas y del pequeño bikini que vestía solo quedaban algunos jirones. Además, tenía el pecho descubierto y de su blusa quedaban solo algunos pedazos que apenas cubrían los senos.
El Forense dijo que la habían violado varias veces, anal y vaginalmente, y que la habían degollado después. Tenía señales de golpes en el rostro y en los brazos, pero solamente una herida, la que la había matado. Stephany salió a vomitar. Cuando sus compañeros le dieron un nombre, empezó a entrevistar a los curiosos. Hacia las nueve de la noche tenía una teoría.
LA HIPÓTESIS. Supo que la muchacha vivía en la colonia desde niña y estaba esperando a que su madre llegara a reconocer el cuerpo en la escena del crimen. Para entonces había hecho un análisis de la escena y había formulado la hipótesis preliminar.
El lugar donde ocurrió el crimen era una caseta de vigilancia abandonada, al final de una calle solitaria y en una zona casi deshabitada; el asesino debía conocerla por una o dos razones, o bien porque trabajó cerca de ahí o porque vivió en la zona. En una esquina de la caseta estaban varias bolsas con el logo del supermercado La Colonia de Villas del Sol, llenas de provisiones, y adentro de una de ellas, una factura con la fecha de aquel día. Algunos curiosos dijeron que la muchacha vivía en ese sector y que su casa estaba a unos tres bloques de la caseta.
Entonces Stephany supuso que llegó hasta la caseta bajo amenazas de muerte y que tal vez conocía al criminal. Para llegar hasta allí debieron pasar por varios callejones llenos de casa habitadas y era lógico suponer que la muchacha estaba intimidada por su asesino. Además, suponía la detective, el criminal vigiló los pasos de su víctima, seguramente la vio salir del supermercado, poco después de las cinco de la tarde, según la factura, y logró esconderse de ella hasta que vio la oportunidad de abordarla y obligarla a acompañarlo hasta la caseta.
Si ella lo conocía, seguramente sabía que aquella persona hablaba en serio y que si gritaba pidiendo auxilio, era capaz de matarla allí mismo; quizás él le dijo que solo hablarían y ella, temerosa, se dejó llevar a su muerte. Era una mujer de veintidós años, delgada, de estatura regular y que podría ser sometida fácilmente, por lo que, tal vez, el criminal era un hombre de edad avanzada, delgado, no muy alto pero fuerte. Ya en la caseta, la violó y terminó asesinándola.
LA MADRE. La mujer estaba deshecha, lloraba histérica y respondía a los detectives con una sarta de palabras inentendibles. Cuando logró calmarse, dijo que estaba segura de que el asesino de su hija era su propio padre, un ex presidiario que hacía solo una semana había salido de la cárcel de varones de Támara donde había cumplido diez años por violación especial.
Dijo la mujer que ella se casó con Rolando, un guardia de seguridad agraciado, y le dio una hija, pero muy pronto, aquel hombre demostró ser una bestia. Borracho, parrandero, mujeriego y golpeador, no tardó en convertir su hogar en un infierno, y lo peor llegó cuando ella se dio cuenta de que desde que la niña tenía ocho años, el salvaje la violaba. Todo se descubrió cuando la niña cumplió los doce, y ella tuvo el valor de denunciarlo.
Lo condenaron a diez años de prisión, y ahora apenas tenía siete días de haber recuperado la libertad. “¿Está segura de que él es el asesino?” “¡Sí! Mil veces segura”. “¿Dónde podemos encontrarlo?” “Tal vez en Los Pinos. Allí tiene una hermana que lo ha apañado siempre”. Cuando los detectives llegaron a la casa, la hermana dijo que Rolando había salido desde la mañana y que no había regresado, y que tal vez no regresaría nunca. “¿Por qué?” “Porque dijo que se iba mojado para Estados Unidos”.
EN LA PN. El crimen de la colonia el Hato conmocionó a la sociedad. Los femicidios estaban de moda y la DNIC estaba en la obligación de dar más y mejores respuestas a la población. El director le dijo a los periodistas que aquel crimen no quedaría en la impunidad.
Mientras tanto, Stephany llegaba a la Penitenciaría Nacional; un reo la estaba esperando. Luego le trajeron tres más.
Estos le dijeron a la detective que Rolando fue su compañero de celda, que era un hombre raro, un enfermo y un asesino en potencia; que se ufanaba ante ellos que había “hecho mujer a su propia hija” y que apenas saliera de la cárcel la iba a buscar para “hacerla recordar los buenos tiempos” y después la iba a matar para vengarse de que por “su culpa” lo hubieran tenido diez años preso. Y había cumplido su palabra. Ahora Stephany sabía quién era el asesino. En Medicina Forense encontraron que el ADN del semen encontrado en la escena del crimen coincidía con el de la víctima. Ahora no había duda. La Fiscalía solicitó la orden de captura.
FIN. A Rolando nadie lo ha vuelto a ver. Aunque había solicitado empleo en una agencia de seguridad privada poco después de salir de prisión, no volvió por la respuesta. Los informantes no supieron decir nada de él y la DNIC se quedó con las ganas de echarle el guante. Según su hermana, se fue mojado para Estados Unidos. El hermano que tienen en Dallas, Texas, dice que no llegó jamás, aunque él le mandó algún dinero para que se fuera, y en Western Union comprobaron que sí lo había retirado. ¿Qué sucedió con la bestia de la colonia el Hato?
En Guastatoya, un poblado del departamento de Zacapa, Guatemala, la policía encontró, dos semanas después, el cadáver de un hombre medio devorado por los zopilotes, a la orilla de un camino abandonado, y a escasos kilómetros de Honduras.
Tenía las manos esposadas hacia atrás, señales de golpes en casi todo el cuerpo, muchos huesos quebrados, varios dientes rotos y se notaba que había sangrado mucho. Después de torturarlo lo ejecutaron de un balazo en la nuca. El forense sacó de su cerebro casi deshecho y lleno de gusanos, varios pedazos de plomo. La bala asesina era expansiva, posiblemente una de calibre treinta y ocho o 3.57.
En un bolsillo del pantalón encontraron un recibo del Banco de Occidente de la colonia Kennedy, de Tegucigalpa, por más de veintiocho mil Lempiras, a nombre de Rolando José Dubón. Las esposas que le inmovilizaron las manos desaparecieron en la cadena de custodia de las evidencias.
La DNIC no está segura todavía que se trate de la infame bestia de la colonia el Hato. Tal vez un recibo no es suficiente para identificar a un criminal. ¿Usted qué cree?
