Honduras
Las lágrimas prácticamente se les habían agotado. Los parientes de las 17 víctimas de la zapatería apenas tenían fuerzas para lamentar la pérdida irreparable de sus seres queridos.
Ayer vivieron momentos de angustia y desconsuelo.
Doña Graciela Sánchez tenía dos motivos para estar destrozada: en el acto criminal murió su hijo José Ismael Chávez Sánchez, de 33 años, y su nieto Fernando Moisés Velásquez Chávez, de 16 años.
"Eran trabajadores, no puedo creer lo que pasó", repetía mientras contemplaba el ataúd de su nieto. Junto a él estaba el de su hijo.
José Ismael era tío de Fernando Moisés. Ambos trabajaban en la zapatería desde hacía más de tres años y el dinero que ganaban era para ayudar con los gastos de la familia. Ambos eran solteros y les gustaba jugar fútbol. Fernando Moisés era simpatizante del Olimpia, ya había terminado sus estudios de plan básico.
Trabajaba desde los trece años en la zapatería y su objetivo era ahorrar para matricularse en noviembre en el Infop. "Quería estudiar electricidad igual que su hermano mayor Rubén. Mi hijo solo se dedicaba a trabajar, era muy inteligente y nos ayudaba mucho en la casa", expresó entre sollozos la madre del menor, Mariana Chávez.
Mariana nunca podrá olvidar las últimas palabras que escuchó de la boca de su vástago. "Vino a almorzar y me dijo: ‘mamá, nos vemos’. No me imaginé que esa despedida sería para siempre", lamentó.
Dos hermanos
Las familias de los hermanos Carlos Pineda, de 33 años, y Pedro, de 35, no podían creer que los dos habían regresado al sector El Ocotillo, donde residían, pero en ataúdes.
Salían temprano todas las mañanas rumbo a su trabajo en el taller de zapatería y regresaban a sus casas una vez terminaba su jornada laboral. Eran hombres honrados y dedicados a sus hogares según los describieron sus familias y vecinos.
Carlos tenía aproximadamente dos años de trabajar en la elaboración de zapatos y hace unos tres meses, ante la falta de empleo, le consiguió cupo a su hermano Pedro, sin imaginar que más adelante la muerte los visitaría en su propio lugar de trabajo.
Los hermanos eran originarios de Trinidad, Copán, se vinieron hace varios años a San Pedro Sula pensando en un mejor futuro. Ayer que sus cuerpos fueron entregados a sus familias, los llevaron a la iglesia Congregacional Pentecostal, para que sus vecinos les dieran el último adiós y luego fueron trasladados al occidente del país, donde hoy los sepultarán.
Carlos había contraído matrimonio el pasado mes de julio con Darlin Bustillo, quien sufría profundamente la muerte de su amado. "Se me murió mi Carlos, ¿por qué? Me arrancaron un pedazo de mi corazón", decía en llanto.
Pedro dejó a su esposa Maribel con tres hijos varones de 11 y 12 años y a otro de apenas cinco meses, quienes lloraban desconsolados por la tragedia que los dejó sin el soporte de su hogar.
"Ellos eran personas trabajadoras y honrados. Son víctimas inocentes, buenos vecinos y amigos. Pedro se congregaba con la familia en la iglesia, es una desgracia lo sucedido", expresó Ángela Pineda, vecina.