Honduras
El estilo de vida le cambió a los vecinos de la zapatería "Christoper", donde fueron asesinadas 17 personas. El sonido de los martillos, las máquinas de coser zapatos y las carcajadas de un grupo de zapateros formaban parte del ambiente que reinaba en esa calle.
Hoy, después de aquel sangriento martes 7 de septiembre no queda más que tristeza, pesadumbre y temor, mucho temor. En el plantel de la zapatería, propiedad de don Miguel Alas, solo queda el recuerdo de un taller que los vecinos echan de menos.
Dentro de esas cuatro paredes, donde perdieron la vida 17 zapateros, no queda más que el olor a sangre podrida, hedor que se resiste a marcharse pese a los 10 galones de cloro que un grupo de mujeres gasta en limpiar la escena del crimen que conmovió a toda una nación.
"Mi vida ha cambiado enormemente porque mataron a todos los muchachos que no solo trabajaban conmigo, sino que eran como mi propia familia", dijo don Miguel Alas, dueño del taller, mientras movía un bulto de hormas de zapatos para dama.
Alas continúa su vida como fabricante de zapatos, pero no en la misma sede del taller que está hipotecado por siete mil dólares.
"Aún no sé qué hacer con este local, toda la gente tiene miedo con lo que sucedió aquí, pero esperaré a que pase un tiempo, hacer algunas modificaciones para volvernos a trasladar aquí", agregó Alas, quien aún espera que las autoridades militares hagan justicia.
La vida del luchador zapatero no es fácil luego de que un grupo de malvivientes le arrebatara no solo la vida de sus empleados y amigos, sino que manchó el negocio que con tanto esfuerzo forjó. Y peor aún, entre las víctimas estaba su hijo Franklin Alas que también trabajaba en el taller.
El ambiente en esa calle no es igual para los vecinos, si en horas de la mañana el panorama es desolador, en la noche la situación es peor. Nada es igual entre los que viven en la zona, casas cerradas, no hay niños en la calle ni gente que sale a la pulpería después de las seis de la tarde.