Honduras
En Ocotales no se habla de otra cosa que no sea el fatal accidente en el que siete personas, todas del sexo masculino, fallecieron el pasado domingo en Güinope, El Paraíso, al oriente de Honduras.
Y es que esta humilde comunidad nunca había visto una tragedia así. Muchas mujeres perdieron a sus esposos, muchas madres perdieron a sus hijos.
El vehículo en el que se conducían 11 personas se precipitó a un abismo. Seis hombres murieron en el lugar y cinco fueron trasladados heridos al hospital Escuela.
Ahí, pese a la intervención de los médicos, falleció uno de los menores que había llegado en estado de gravedad.
Ayer en las polvorientas calles se respiraba tristeza. La calamidad tocó las puertas de muchos hogares.
Con sus esposos se fueron las esperanzas de muchas mujeres de sostener el hogar.
La mayoría se dedicaban a labores de agricultura. Lo poco que percibían era para el sustento del hogar.
Todos fueron velados ayer en la iglesia La Profesía.
Debido a la pobreza de las familias, solo cuatro cuerpos estaban en sus respectivos féretros, mientras los tres restantes aguardaban por los ataúdes, por lo que se retrasó el entierro.
A eso de las 3:30 fueron sacados de la iglesia de la comunidad, entre el llanto y el desconsuelo de los familiares y amigos.
El sepelio tuvo que adelantarse ya que, debido a la falta de preparación, los cuerpos comenzaban a mostrar signos de descomposición.
Sin apoyo
"Lo único que mi esposo me dejó fueron las cuatro latas de ese carro, yo quiero que me ayuden, tal vez para venderlas libriadas, tan siquiera para comprar una libra de arroz para mis cinco hijas", dijo Marina Mendoza Rojas, compañera de hogar de Ernesto Noé Alvarenga Alvarenga.
Mendoza explicó que Alvarenga era el propietario del vehículo accidentado.
Con lágrimas en sus ojos, la mujer lamentó que no tiene un empleo y alquila un cuarto en la colonia Suazo Córdova, por lo que teme que la saquen porque no tiene dinero para cancelar la mensualidad.
Mendoza y Alvarenga procrearon cinco hijas, dos adolescentes que están en el colegio, una en sexto grado, una de 4 añitos y una bebé de seis meses.
"Mi suegra también lo perdió todo, es una doñita de más de 70 años, ella perdió a su marido y tres hijos de un solo golpe, eso es triste", relató entre sollozos.
Entre tanto un primo de las víctimas mortales, Lisandro Alvarenga, dijo que más de veinte menores quedan sin padre ni sustento, ya cada uno de los fallecidos tenía no menos de tres hijos.
El sepelio
"Hay no papito, porqué nos dejás si yo te amo papito, no te vayas!" Clamaba Cindy Alvarenga de 11años, quien luego se desmayó ante el dolor de la pérdida de su progenitor, Ernesto Noé.
El olor a agua florida y los susurros del llanto eran los que invadían el ambiente del cementerio de la Aldea Santa Rosa, que colinda con la aldea Arrayanes y Ocotales.
Las víctimas fueron sepultados en dos fosas, una será la última morada de seis y otra la de Mario Alvarenga de 20 años, pues así lo dispuso su padre.
La tristeza y el llanto no se hizo esperar entre los hijos, primos, hermanos, esposas y madres de los ahora occisos, quienes pedían fuerzas al Todopoderoso para sobrellevar la ausencia de sus seres queridos.
Las mujeres cargaban flores de Napoleón y Mar Pacífico en floreros improvisados, elaborados con botellas desechables, las que humedecían con sus lágrimas y las apretaban contra sus pechos, mientras miraban como eran depositados en las fosas.
Las cruces fueron elaboradas de manera artesanal, con los pinos del área, las que les colocaban los nombres de los fallecidos con agujeros hechos con clavos, para guardar la memoria de sus familiares que perdieron la vida de manera trágica y que ni aún la muerte los separó, ya que todos yacen en la misma tumba.