Se puede definir la ansiedad como una respuesta emocional o conjunto de respuestas que se manifiestan en cuatro áreas de la persona: cognitiva o de pensamiento, conductual, motora y psicofisiológica.
Las reacciones de ansiedad pueden ser provocadas tanto por estímulos internos como externos, es decir, por hechos ocurridos a la persona, por pensamientos, o por ideas o imágenes mentales que son percibidos por el individuo como amenazantes.
La ansiedad como reacción emocional ante la percepción de una amenaza o peligro está presente a lo largo de toda la vida, y en ocasiones nos sirve de protección ante posibles peligros. Por ejemplo, la ansiedad ante un animal peligroso evitaría acercarnos a él y protegernos.
Los cambios corporales que tienen lugar durante la reacción emocional o estado de ansiedad; como el aumento del ritmo cardíaco y de la presión sanguínea, la elevación del tono muscular, el aumento del ritmo de la respiración, la disminución de la función digestiva y sexual, entre otros, sirven para llevar a cabo con más posibilidades de éxito una reacción de huida o ataque ante aquello que suponemos una amenaza.
Un ruido inesperado, pasos en una calle solitaria... pueden producir de forma inmediata una reacción de ansiedad que prepara a las personas para la acción. Estamos ante niveles adecuados y sanos de ansiedad.
Existe otro tipo de ansiedad, la patológica. Estos mecanismos son patológicos cuando se presentan ante estímulos y situaciones mínimas y que no son en sí peligrosas, con una intensidad o duración exagerada.
La mejor solución para poder prevenir esta secuela psicológica es mediante la relajación, ya que esto implica dejar conductas de estrés.
