Honduras
El día amaneció gris, como si los que ya partieron quisieran hacer notar su tristeza.
Quizá por la crisis, por la violencia que abate al país o simplemente porque muchos de sus seres queridos no se acuerdan de ellos.
Pero ese olvido imperdonable no estaba en la lista de doña María Teresa Ramos, una anciana de 96 años, que aunque apenas puede caminar, sacó fuerzas de flaqueza para llevar hasta la tumba de su compañero de hogar unas naranjas, que eran su fruta preferida y una vela encendidad para honrar su memoria en el Día de Difuntos.
Don Isidro Duarte, el esposo de doña María, partió de su lado hace 15 años, pero eso no le impide que religiosamente, ella recorra el largo trayecto desde Río Abajo hasta el cementerio General, para visitar su tumba.
"Este es un día donde cada ser amado se debe recordar como si aún viviera, sabiendo que un día estuvo con nosotros y que pronto le veremos en el cielo. Mi esposo murió a los 84 años, dejó un gran legado", dijo con los ojos húmedos.
Acompañada de su único hijo Rolando, la anciana coloca las naranjas, unas flores y riega pino en una esquina del mausoleo, luego enciende una vela y después de rezar unas cuantas oraciones por el descanso de su alma, se despide del amor de su vida, orando al Creador poder reencontrarse con él algún día.
A pesar de ser un día de trabajo, aunque en algunas empresas se dio permiso a los empleados, decenas de familias capitalinas colmaron los camposantos para visitar a sus muertos.
Tradición que sigue viva
Para muchos solo fue una visita, la situación económica les impidió comprar flores, pero no por ello dejaron de ir a las tumbas de los suyos en el Día de Difuntos. Algunos hasta compartieron el platillo favorito de su deudo, convirtiendo los camposantos en un punto de encuentro familiar, muy parecido a las actividades que realizan los mexicanos en honor a los que ya partieron.
Esta tradición fue seguida por la familia Vargas, que desde muy temprano llegó
al cementerio Jardines de Paz Suyapa para compartir una taza de café con su hermano Roldolfo Vargas, quien dejó este mundo hace un año.
"Mi hermano fue una persona muy especial, nos dejó un gran legado, por eso es que hoy hemos venido a visitar su tumba a traerle el café que tanto le gustaba, algunas flores y rezar una oración para honrar su memoria, que sepa que no lo hemos olvidado, que sigue vivo en nuestros corazones", dijo con lágrimas en los ojos Patricia Vargas, hermana del difunto.
Una conmemoración
La tradición de dedicar el 2 de noviembre a los difuntos es avalada por la Iglesia Católica. Según Carlo Magno Núñez, canciller de la Arquidiócesis de Tegucigalpa, ir a los cementerios a llevar flores, velas y elevar algunas oraciones, es una forma de cómo las personas buscan estar en contacto con los seres queridos que murieron.
"El Día de los Difuntos es celebrado por nuestra feligresía como una acto de reverencia al ser que ya no está, pero con la firme convicción de que en un tiempo no determinado lo volverá a ver", detalló. El sacerdote explicó que cada quien recuerda al amigo o familiar que partió, de la mejor manera. "Hay algunas personas que vistan las tumbas para dejar comidas, bebidas y hasta ropa, estas costumbres no se deben perder", continuó.
La crisis sí golpeó
La venta de flores no tuvo los mismos resultados del año pasado. Muchos capitalinos se quedaron con el deseo de llevar arreglos florales a los suyos, pero la difícil situación económica que atraviesa el país, les impidió cumplir con una tradición de años.
Ese fue el caso de Juan Ramón Ferrera, un capitalino de 38 años de edad, residente de la colonia El Lolo en Comayagüela, quien después de
caminar varias horas para llegar al cementerio Tierra Santa, ubicado en La Travesía, apenas pudo limpiar la tumba donde descansa Teresa, su única sobrina, las flores, tendrán que esperar.
"Lo único que me interesa es que la tumba esté limpia, caminé varias horas para llegar hasta aquí, no voy a dejarle flores sobre su tumba pero sí mucho amor, el hecho de que no deposite arreglos florales en este día no quiere decir que no la quiera, muchas veces la voluntad es la que cuenta y la memoria de mi sobrina la llevo dentro de mi mente y mi corazón", dijo Ferrera. Ese mismo amor o quizá más grande, que Ferrera profesa por su sobrina, es el que mueve a María Fernanda Vigil, residente en colonia el Hato de Enmedio, para visitar cada mes a su madre en el jardín Tierra Santa.
"La muerte es lo más seguro que tenemos y como tal se debe estar preparado y en paz con Dios, ahora ya nadie le huye, al contrario, la incluye en su forma de vida", expresó.
Desde el domingo la paz que reina en los camposantos capitalinos se vio interrumpida por miles de familiares que se negaron a olvidar este día dedicado a recordar su memoria.