Honduras
Santos Ramón Luque se levanta antes de que salga el sol para tomar uno de los dos mil buses que circulan por Tegucigalpa y llegar a su trabajo, en pleno centro de la ciudad.
La ruta se la sabe de memoria, no porque en su trayecto mira uno de los 17 puentes a desnivel o pasa por una de las doce universidades ni mucho menos se detiene en uno de los 161 restaurantes que ofrece la ciudad. No. Luque, un no vidente vendedor de loterÃa, sabe la ruta de memoria porque la ha recorrido los últimos 35 años de su vida.
Este ciudadano, uno del millón 500 mil habitantes de la capital, reside en la Kennedy, la más populosa de las más de 588 colonias y barrios que la conforman, con 200 mil viviendas.
Desde esa zona, abordó a las 7:15 de la mañana la unidad de transporte.
El tráfico vehicular, conformado por unos 310 mil automotores, era insoportable. Eso sin contar los más de 8 mil taxis, que son los principales promotores de los congestionamientos.
Mientras sintoniza en su pequeño receptor, una estación noticiosa para estar al tanto de lo que acontece a su alrededor, el semáforo, uno de los 64 que hay en los 12 bulevares de la capital, se puso en rojo y el tiempo de llegar a su destino casi se acababa.
Pese a todas las pruebas en el camino, y las dificultades por no poder ver, que tiene que superar a diario, considera muy gratificante la única fuente de ingresos que le permite sostener a su numerosa familia, ya que en muchas ocasiones se ha quedado con el número premiado de la loterÃa menor de Honduras.
Senia Flores, una capitalina de apenas 19 años, corre con mejor suerte, pues solo tiene que cruzar uno de los 21 puentes peatonales que existen en la ciudad para llegar a la tienda por departamento en que labora, de las 100 que hay en Tegucigalpa.
Su trabajo, que está ubicado a una cuadra de su vivienda en el barrio La Plazuela, le da tiempo para dejar a su pequeña Iris en uno de los 300 centros escolares con que cuenta la ciudad y de paso, comprar algunos alimentos para la cena en el mercado San Miguel, uno de los 12 existentes en todo el Distrito Central.
Sus escasos recursos económicos no le permiten gozar de la comodidad y seguridad de uno de los 28 supermercados de la ciudad.
Una futura artista
Con apenas 10 años, Clarissa Sirey Villamil MartÃnez, es toda una experta en la música. A su corta edad, ya interpreta varias partituras en instrumentos como la lira, el tambor, la guitarra y muy pronto en el piano.
Esta pequeña, estudiante del cuarto grado de la escuela Francisco Morazán, ubicada en la colonia Los Laureles, mostró sus destrezas en los desfiles de la celebración de los 430 aniversario de la patria.
Y es que al igual que Clarissa, unos 121 mil niños capitalinos asisten a un centro educativo con la ilusión de ser en su etapa adulta, maestros, doctores, abogados, ingenieros, astronautas... o simplemente uno más de los 380 bomberos capitalinos.
Son cerca de 12 mil docentes en la capital que tienen en sus manos el éxito o fracaso del sueño de estos pequeños. Clarissa desea ser una capitalina menos de las 60 mil personas analfabetas que hay.
Es de esperar que esta abultada cifra de capitalinos no conocen ninguno de los 14 museos, o de los cuatro teatros, y muchos menos una sola sala de cine de las 40 con que cuenta la capital, pues su total desconocimiento no se los permite.
Pero la capital no solo gira en el ir y venir de su gente. También encierra su educación, su salud, su religión y hasta sus lugares de esparcimiento.
Juan Manuel tiene el privilegio de disfrutar de un partido de fútbol en uno de los 200 centros polideportivos. Junto a sus amigos de la colonia Nueva Suyapa, ha conocido cinco de los 200 plazas y parques que engalanan la ciudad.
Su madre, Gladyz CarÃas, recuerda que en más de una ocasión le ha tocado salir corriendo a uno de los 14 hospitales de la capital, pues su pasión por el balón le ha dejado recuerdos en su piel.
El resultado ha sido un poco oneroso para su bolsillo, pues ha tenido que comprar más de algún medicamento en una de las 80 farmacias capitalinas.
Los domingos, es imperdonable que Manuel se pierda las enseñanzas bÃblicas en la iglesia a la que asiste.
La iglesia Santidad. Pese a su elevada cifra poblacional, la Real de Minas cuenta con espacio para albergar unos 400 mil perros, fieles amigos de los hombres.
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