Honduras
Su inocencia no le permite medir la terrible angustia que se apoderó de sus padres al saber que tienen que regresar a la zona de riesgo de donde, semanas atrás, fueron evacuados casi a la fuerza.
Al ver a su madre Alba Luz Murillo, envuelta en un mar de lágrimas, el pequeño Edwin Josué Dávila, de apenas siete años, corrió hacia el patio de la escuela Yolanda Santos, de la colonia Izaguirre, donde hasta ayer se encontraban en calidad de huéspedes temporales, recogió una caja de cartón y de prisa retornó al salón de clases que se convirtió en su hogar durante los últimos 22 días.
Cogió unas cuchillas de trabajo de su papá y sin pensarlo dos veces comenzó a darle forma de una casa. Cortó por ambos extremos hasta formar dos puertas y dos ventanas.
Terminado su trabajo, dijo a su madre “aquí vivirá Marcia y todos nosotros”, refiriéndose a su pequeña hermana de ocho meses.
La propuesta de su hijo le sacó una sonrisa, pero luego cayó en su triste realidad.
“Es que en ese barranco donde vivimos solo paso nerviosa pensando en qué nos podrá pasar”, fue lo único que su llanto le permitió pronunciar a la joven madre de cinco niños.
La numerosa familia fue evacuada de una improvisada vivienda de madera que se ubica en la ribera del río La Isla, que atraviesa la colonia Izaguirre.
Y es que, después de haber hecho su hogar por casi un mes en el pequeño salón de seis metros de largo por cuatro de ancho, esta humilde familia se afrontaba a la dura situación de abandonarlo, pues las autoridades del centro educativo han pedido las instalaciones para retornar a las clases normales.
El plazo vence hasta este viernes, pero en la Yolanda Santos ya casi no había familias albergadas, pues la mayoría obedecieron la decisión y se marcharon sin un rumbo fijo.
Lo lamentable es que a las pocas personas que EL HERALDO encontró en ese albergue aseguran que no tienen de otra que regresar a sus viviendas semidestruidas por las lluvias y las fallas geológicas, aunque eso les cueste la vida.
“De aquí nos mandan prácticamente a la calle, sin ninguna ayuda y a la mano de Dios. Yo voy a ir a arreglar mi casita, que solo se derrumbó la mitad”, comentó Lila García López, otra de las damnificadas de la Izaguirre.
Las necesidades son tan serias que doña Gladys Alonso: no podía salir del albergue por no contar con 150 lempiras para pagar el transporte de sus pocas pertenencias a su humilde vivienda en la colonia Canaán.
Al menos unos 3,700 capitalinos damnificados dejó el paso de la depresión tropical número 16 que azotó con intensidad al país.
Estas personas afectadas por las lluvias y derrumbes tienen plazo hasta este viernes para abandonar los albergues, especialmente los centros educativos, y buscar un lugar seguro para vivir.