Honduras
La conmoción se apoderó de los habitantes de El Manzanal. Con lágrimas en los ojos, más de 300 familias capitalinas vieron con desesperación cómo una máquina echaba por tierra las viviendas de madera que con tanto sacrificio construyeron.
Rubén Enrique, de 10 años, no entendía muy bien lo que pasaba. Pero las lágrimas rodaron por sus mejillas cuando vio cómo su casa quedaba reducida a escombros.
El niño quizá no podrá ir hoy a la escuela José Ángel Ulloa, donde cursa el sexto grado, porque no sabe cuál será su futuro.
El sonido de las sirenas, los policías armados con toletes y sus cascos azules y negros causaron pánico entre los más pequeños. Sin embargo, sus padres sacaron fuerzas de flaqueza para defender sus hogares.
Karen Ramírez, con su pequeño hijo Pablo José en brazos, no tuvo reparo en enfrentarse a la autoridad.
“Me están quitando todo lo que he podido edificar junto con mi madre y esposo, somos pobres y por eso se ensañan con nosotros ”, dijo con un nudo en la garganta y los ojos húmedos.
La obstinación de los pobladores para no permitir ser echados de sus hogares provocó un zafarrancho que no respetó raza, credo, edad ni discapacidad.
Pablo José Vides, con todo y su silla de ruedas, sin importar sus limitaciones, tomó un cartel y gritó a los cuatro vientos sus derechos ante las autoridades.
El capitalino se parapetó frente a su vivienda para impedir que la máquina la derrumbara; sin embargo, sus intentos fueron infructuosos y la policía, sin importar su condición, lo redujo por la fuerza.
Más de 20 casas fueron removidas por la maquinaria pesada. Ahora estos capitalinos enfrentan un nuevo problema, aunado a la crisis: no tienen un techo que ofrecerle a sus hijos.
Fermín Hernández ve cuesta arriba conseguir una vivienda.
Los 70 mil lempiras que invirtió en el terreno y que aún está pagando fueron a dar a manos de los directivos del patronato que los timó.
“No tengo dónde ir, mi familia y yo pagamos a los directivos del patronato 70 mil lempiras por el terreno que nos asignaron y ahora lo hemos perdido todo”, expresó.
Después del enfrentamiento llegó la calma y, con un poco de resignación, algunos tomaron sus pocas pertenencias y salieron de la zona en busca de un lugar para pasar la noche.
Hoy es otro día y, aunque no hay esperanza de recuperar lo perdido, seguirán luchando para obtener un techo digno para ofrecer a los suyos.