Honduras
A la hora del rezo del Angellus, las 6:00 en punto de la mañana, con la escoba en la mano derecha y en la izquierda un recogedor, Venancia Hernández, de 67 años, está lista para comenzar su misión.
Apenas una taza de café para calentar el estómago es el único desayuno.
Sobre su humilde y descolorido vestido se identifica la inconfundible gabacha color naranja, que lleva impreso el logo “Capital 450”, sobre su cabeza una gorra para protegerse de los inclementes rayos del sol del mediodía.
Venancia, residente de la colonia Las Pavas, es una de las mil empleadas que conforman las 117 microempresas de barrido que hacen las labores de limpieza en las calles, avenidas y bulevares de la capital.
Cientos de personas humildes son las que están detrás del barrido y la recolección de los desechos que arrojan los capitalinos.
Responsabilidad y aseo
Con sus inseparables herramientas: escoba y recogedor, muchas ganas de trabajar y ante la mirada indiferente de los transeúntes que pasan a su lado, Hernández barre y deja limpias las calles de la ciudad que le son asignadas.
De lunes a sábado y dos domingos al mes, así se gana el sustento diario hace cuatro años está humilde mujer.
Dos mil lempiras es el salario mensual que percibe, los que apenas le alcanzan para el sustento de los cinco miembros de su familia que dependen de ella.
Cuando en la tercera edad de la vida, otras mujeres jubiladas se retiran a descansar a sus hogares, Hernández, todavía saca fuerzas para laborar.
Quién lo diría, ella tiene una gran responsabilidad con la belleza y el ornato de la ciudad, aunque para cumplir con su tarea tenga que levantarse antes de que el sol ilumine con sus primeros rayos; comer a horas inapropiadas, quizá después de haber manipulado con sus manos cantidades y cantidades de desechos y exponerse a enfermedades a causa de la contaminación.
Y lo más lamentable, arriesgar la vida en el cumplimiento del deber, tal como ha ocurrido en varias ocasiones.
Y es que de acuerdo a las estadísticas, en lo que va del año han ocurrido tres muertes de barrenderos por imprudencia de conductores.
Pero para doña Venancia esta es su rutina de trabajo que ella misma defiende y no es de dudar, en cada barrida deja parte de sí misma.
“A esta edad que tengo yo, no es en cualquier parte que se trabaja y al menos aquí tenemos una esperanza de vida”, comentó.
Junto a Martínez labora Esperanza Álvarez, de 71 años, su amiga, vecina y compañera inseparable. Ambas mujeres cumplen con el horario de 6:00 de la mañana a 12:00 del mediodía.
Rutina e indiferencia
En las 117 microempresas de barrido se desarrolla una rutina de todos los días.
Cada una de las microempresas está conformada por seis empleados que hacen un total de 702. Estas labores, que cumplen con el propósito de ver libre de basura calles, avenidas y espacios públicos de la ciudad, están divididas en tres turnos, dos de seis horas y un intermedio de tres horas.
Para hacer efectivo el trabajo se realiza un esquema de barrido o limpieza donde se encuentran incluidos sitios y puntos estratégicos de los diferente barrios y colonias, al igual que bulevares y plazas, entre otras.
“Esta es una labor muy compleja, es una rutina de todos los días. Hay zonas donde se barre incluso hasta tres veces diario”, explicó Julio Salgado, gerente de Microempresas de Barrido de la Alcaldía Municipal.
Salgado se lamenta que este trabajo que realizan estos empleados es poco valorado y en esto se refleja en la cultura de limpieza que demuestra el capitalino.
“Muchas veces vemos que este trabajo no es valorado y para ello pedimos el apoyo del capitalino a que opte por la cultura del aseo y sienta satisfacción de ver limpia la ciudad, igual pedimos a quien nos visita”, reiteró.
Par la limpieza de la ciudad también se cuenta con las microempresas de chapeado, conformadas por mujeres y hombres ya veteranos.
Machete en mano y con otros implementos como gancho improvisado de madera, rastrillo, lima y carreta, los necesarios para esta labor de dejar libre de maleza la ciudad, realizan su trabajo.
Detrás de estos personajes de la tercera edad se esconden muchas historias.
Tal es el caso de don Leónidas Ávila, de 65 años de edad, habitante de la colonia La Sosa, quien si bien no tiene hijos que mantener, tiene la responsabilidad de darle el sustento a dos pequeños que una de sus sobrinas dejó en abandono.
“Mi situación es lamentable, no tengo quien cuide de estos muchachitos y si dejo de trabajar quién los va a mantener”, expresó.
Cada trabajador tiene una historia que contar, pero lo más evidente es que dedican la mayor parte de su vida a cuidar el ornato de la capital.
* Lucha constante: El barrido y la recolección de basura en la capital se ha vuelto una historia sin final. La inconsciencia de los capitalinos la está inundando de desechos.