Honduras
Su cabello blanco y los surcos que forman las arrugas en su rostro son una muestra de la vida de sacrificios y sufrimiento que le ha tocado vivir.
Guiada solo por su voluntad y apoyándose en una vara de madera rolliza que le sirve de bastón vive sus días María de la Cruz Torres Cruz.
Doña "Crucita", como le llaman con cariño algunos, tiene 86 años y miles de vivencias que forman un nudo en su garganta y que el olor fuerte de la pobreza les impide salir.
Lo que sí fluyen y cada día con menor intensidad, como si ya no hubiesen más, son sus lágrimas.
La anciana que reside en una humilde vivienda de madera en el sector cuatro de la colonia Nueva Suyapa, junto a su compañero de hogar de 90 años, quien se encuentra postrado en una cama, sufre de dos enfermedades: miseria y olvido.
No tienen nada en la casita que comparten con una hija que les da el poco sustento lavando y planchando ajeno durante todo el día, solo hay un par de sillas plásticas, una mesa con trastos viejos y el fogón apagado.
Sus carencias son muchas, pero su gran corazón que cada día late con menos fuerza le ha hecho ganarse el cariño de la gente de la zona.
Y cómo no si su oficio de rezadora la llevó a elevar plegarias por decenas de almas que partieron. Pero el peso del tiempo transcurrido y las dolencias que trae como consecuencia la avanzada edad le han impedido a doña "Crucita" continuar esta labor.
En precariedad
La vida no ha sido nada fácil para esta abnegada abuela originaria de Cedros, Francisco Morazán.
La humilde casita de madera que lograron construir en sus años mozos ella y su esposo está a punto de caer, como una muestra de la precariedad en la que viven.
Por si fuera poco, la salud de doña "Crucita" ha empeorado aún más en los dos últimos meses y es que cuenta que saliendo de su humilde cuartito sufrió un accidente que la dejó lesionada de la cadera.
"Me caí saliendo del cuarto y de repente ya estaba en el suelo, estuve varios días que no podía dormir del dolor y he quedado mal", comentó en voz baja y entrecortada.
Después de la caída ha tenido serias dificultades para andar, sumando también los problemas de visión que le aquejan.
Ni las noches le sirven de descanso, pues el dolor en su cadera aumenta al acostarse en su vieja cama carcomida por la polilla y con un colchón sucio y roto cuyos resortes le calan hasta los huesos.
Pero las dolencias de esta abnegada mujer de 86 años no le impiden cuidar de su esposo que se encuentra postrado en una cama igual de deteriorada que la suya.
Su compañero Celestino Acosta, de 90 años, ya lleva sies años de estar lesionado de la columna y no puede siquiera sentarse, su estado es deplorable.
La vida ha sido dura para esta pareja de longevos, quienes procrearon tres hijos que ya no están con ellos. Solamente su hija María Concepción vive con ellos y los mantiene.
"Tuve tres pero uno se me murió, mi hija es la que nos ayuda, el varón... anda en vicios", manifestó sin poder contener las lágrimas doña María.
"María Concepción, mi hija, es la única que se sacrifica para ayudarnos", prosiguió.
Las únicas entradas de este hogar son las que recibe la hija de doña "Crucita" a base de planchar y lavar ajeno, trabajo con el que tiene que hacer milagros para sustentar a sus padres y a sus hijos. Lo que llega a diario apenas ajusta para medio comer. Los medicamentos ni siquiera los conocen en esta humilde vivienda.
Necesidad
Con la senectud a sus espaldas, que debe exaltarla como un tesoro de donde brota sabiduría y experiencia, ambos se encuentran en el olvido, sumergidos en la zozobra, y ese tesoro adquirido por los años ha sido opacado por la miseria y la enfermedad.
Así como su compañera, don Celestino no encuentra descanso en su cama. Con el pasar de los días, la tortura de estar postrado en un viejo colchón, sin poder ni siquiera sentarse, le ha borrado la sonrisa.
El anciano de pocas palabras no ha perdido la memoria y, a pesar de la desgracia, hace un espacio para recordar los buenos tiempos de su juventud.
Como fiel compañera, doña "Crucita" permanece sentada en la cama junto a su esposo y con la poca fuerza que queda en sus manos envejecidas le ayuda a levantarse un poco para hacer sus necesidades.
La valentía y el carácter han sido las mayores cualidades de la abuela, así lo aseguran sus nietos, que son los que pasan la mayor parte del tiempo con ella.
Los pocos recursos económicos y su dolencias no le han permitido a esta pareja de ancianos acudir al médico.
Las necesidades que tienen son incontables, pero de lo que requieren urgentemente es de camas, sillas de ruedas y víveres para mejorar su calidad de vida.
Pese a la situación en que vive, doña "Crucita" mantiene la llama de la fe en su corazón. Como fiel devota de la virgen de Suyapa y María Auxiliadora, no deja de rezar por los santos y las ánimas, como también clama a Dios para que le ayude a seguir adelante.
Los días pasan y con ellos la esperanza de gozar de una mejor vida, pero lo que sí no muere en esta ejemplar pareja es la fe en que el Divino Creador escuchará sus plegarias y despertará la solidaridad de los capitalinos.
* Para ayudar: Esta humilde pareja de abuelos necesita de una mano amiga que le proporcione una cama digna, sillas de ruedas, víveres y ropa. Para iniciar la cadena de solidaridad puede comunicarse a EL HERALDO al 236-78-77 o traer su donativo a las oficinas ubicadas en el bulevar Los Próceres, avenida La Paz, frente al Pani.
* Zozobra: Don Celestino ya lleva seis años postrado en una cama vieja. Doña Cruz sufrió un caída que la dejó lesionada de la cadera.