Honduras
En cada detalle de sus casas de adobe, de techos entejados donde anidan las palomas, se respira la historia de una ciudad que mañana celebra 431 años de vida.
El nombre de Tegucigalpa, antes Real de Minas y luego Villa de San Miguel de Heredia, está plasmado en las faldas del cerro El Picacho, donde residÃan los primeros capitalinos; en sus barrios más antiguos, en su centro histórico y en su gente amable.
La ciudad que los urbanistas consideran desordenada, cara, pero hermosa y única, ha crecido y en cada etapa ha sufrido cambios, pero los detalles de la época poscolonial que sobreviven como sus templos católicos, sus museos, parques y monumentos, conforman un extraño centro histórico donde se asoman sin permiso los primeros edificios que se construyeron.
"Pequeñita ciudad que te pierdes para siempre en la nueva argamasa que forjan los bisnietos de tus moradores para la metrópoli del futuro; y que apenas vives con vacilante fulgor poético, en la evocación de los que pensamos en ti. ¡Pequeñita ciudad antañona, yo te amo!...", este fragmento del escritor Marcos CarÃas Reyes, resume la mezcla que coexiste en la ciudad.
Es como una visión de los moderados rascacielos que hoy circundan Tegucigalpa como cobijando su centro histórico. Pero la mayor herencia de esa mezcla cultural son sus 1.5 millones de capitalinos, que dispersos también en su gemela Comayagüela, son la fuerza que la hace crecer.