Honduras
Una pertinaz llovizna que caía sobre la capital se combinó con su tristeza y su dolor. La visita a la tumba donde yace su pequeña Eunice Desiré Valladares, que desde hace dos años se marchó de este mundo, la hizo llorar como nunca.
Sus lágrimas se confundieron con las gotas de agua que descendían del cielo; ese mismo cielo en el que espera se encuentre su hija.
Doña Rosa María García no acepta la pérdida de su bebé y cada vez que puede y sus fuerzas se lo permiten le lleva flores al cementerio Sipile, donde descansan sus restos mortales.
Ayer, que se conmemoró el Día de los Fieles Difuntos, no fue la excepción, desde las 6:00 de la mañana emprendió su camino desde la aldea La Cuesta, El Lolo, Buenos Aires, hacia el camposanto.
Sus pies descalzos que nunca han sentido la comodidad de un par de zapatos sufrieron las pisoteadas de los demás pasajeros del bus en el que venía, pero el dolor no se compara con el que siente su alma.
Al llegar a la estación, sacó de una bolsa plástica amarilla que traía oculta en su sostén unos lempiras para pagar la limpieza de la tumba de su hija y con el resto compró pino y flores.
La historia de esta humilde mujer no está alejada de la realidad de muchos capitalinos que ayer abarrotaron la mayoría de cementerios de la capital para honrar a sus deudos ángeles.
La celebración del Día de todos los Santos, el 1 de noviembre, se convirtió en un denominador común.
Miles de capitalinos acudieron a los camposantos a ofrendar ramos de flores y las tradicionales palmas y a limpiar las tumbas de sus seres queridos que partieron al seno del Creador siendo apenas unos niños.
Las entradas de los cementerios lucieron abarrotadas de todo tipo de flores.
Rosas, cartuchos, gingers, pompones, margaritas, begonias, ave de paraíso, lirios, claveles, moños, varita de San Juan, el tradicional velo de novia, los helechos, el ciprés y la tradicional flor de muerto no faltaron en estos puestos temporales.
El recorrido
El cementerio Santa Anita fue quizá el más visitado por los capitalinos. Hubo momentos en que la gente tuvo que hacer fila para ingresar a visitar a sus difuntos. Se estima que más de tres mil personas, solo por la mañana, acudieron a este camposanto.
El ambiente nostálgico también se vivió en los cementerios Sipile y el General, donde por ratos el silencio sepulcral solo se comparaba con la muerte y pasión de Jesucristo, el Viernes Santo.
Los camposantos Jacaleapa, Santa Cruz Memorial, Jardines de Paz Suyapa, Tierra Santa y Jardines de Amor Eterno lucieron sombríos por la mañana, pero con la mejoría del clima se fueron poblando de familiares dolientes.
Este año a quienes les fue mal fue a las personas que se dedican a limpiar tumbas y mausoleos, pues con casi una semana de anticipación las autoridades de la Alcaldía Municipal mandaron a cortar la maleza y a limpiar los cementerios.
Entretanto, los vendedores de golosinas hicieron su agosto, aprovechando la cantidad de gente que visitó los camposantos.
Cabe destacar que en esta ocasión las incidencias delictivas fueron casi nulas. Las autoridades de Seguridad dispusieron de efectivos policiales y del Ejército en todos los camposantos de la ciudad.
Orlin Cerrato, portavoz de la Policía Nacional, dijo que se distribuyeron más de 700 elementos policiales a fin de garantizar la seguridad de los ciudadanos que como ya es tradición acuden entre el 1 y 2 de noviembre a honrar a sus fieles difuntos.
"Ha estado pacífico, solo unos cuantos incidentes de rateritos que quisieron asaltar a una familia en la entrada al Cementerio General, pero eso fue todo", detalló.
Toda una tradición
La tradición de asistir al cementerio para rezar por las almas de quienes ya abandonaron este mundo está acompañada de un profundo sentimiento de devoción, donde se tiene la convicción de que el ser querido que se marchó pasó a una mejor vida.
El Día de Muertos es una celebración mexicana de origen prehispánico que honra a los difuntos el 2 de noviembre, comienza el 1 de noviembre, y coincide con las celebraciones católicas de Día de los Fieles Difuntos y Todos los Santos. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) ha declarado esta festividad como Patrimonio de la Humanidad.
"Extraño a mi hija"
La pequeña Stefany no comprende el significado de las lágrimas de su padre, Gustavo Sánchez, y las flores que cada 1 de noviembre deposita en una tumba, lo único que sabe es que ahí en el cementerio de Jacaleapa descansa su hermanita Cinthia. "Han pasado 10 años desde la muerte de mi hija mayor, mi esposa y yo quedamos devastados, hasta que Dios nos bendijo con dos niñas hermosas", dijo. Para este capitalino, que reside en Cerro Grande, ayer fue un día gris. "Extraño a mi hija, Dios me la cuide".
"Vengo aquí cada mes"
Las visitas que don Santos Cruz Cabrera realiza una vez al mes a su hija Suyapa, fallecida hace 14 años, coincidieron ayer con el Día de los Santos Difuntos niños. Este padre recuerda como ci fuera ayer cuando tuvo que ver partir a su pequeña. "Los recuerdos de los seres queridos se llevan en el corazón. Solo porque mi hija no está físicamente conmigo no significa que deba olvidarme de ella". Según don Santos, "he visto como algunas tumbas están descuidadas como si sus familiares no se acordaran de estos deudos", dijo.
"Mi Julieta sería doctora"
Hubiese dado su vida para que la sombra de la muerte no le hubiese arrebatado hace ya 33 años a su hija Julieta Ramírez. Ahora, a doña Rosa Elena Ramírez no le queda más que llevar flores a la tumba de su pequeña, que murió al nacer y que asegura hubiese sido una gran médico.
"Los seres queridos son un tesoro de incalculable valor que debemos cuidar y preservar. Hasta que ya no están con nosotros nos damos cuenta de lo que valen", dijo la señora, mientras depositaba flores en su tumba en el cementerio General.