Honduras
Las pocas canas que pintan su cabello y su pequeña figura de marcados rasgos lencas que sobrevive al paso del tiempo esconden muy bien los 100 años de edad de doña Macaria Sánchez.
Aunque le gusta que le llamen "Cayita", lo que no esconde esta humilde anciana, nacida el 9 de marzo de 1909 en Yamaranguila, Intibucá, es su amor por la Virgen de Suyapa, a quien visita en cada aniversario desde hace más de 15 años y a quien ha venerado toda su vida. Su edad no fue impedimento para pernoctar en las afueras del Santuario durante dos noches, y mientras la Virgen le dé licencia va a seguir viniendo. La devoción se palpa en cada surco que se forma en su rostro mientras cuenta la historia de amor fraterno que la une a la Virgen. "La fe es milagrosa y poderosa, yo no me tomo una pastilla si antes no le pido a Suyapa, si no me cae mal", manifestó con una sonrisa.
El cansancio del viaje que hizo desde San Pedro Sula, donde reside con su hijo menor, Silvio Morales, de 61 años, no fue problema para encender una vela y rezar el rosario por sus hijos. "Yo le suplico que si es hora de que me recoja pues estoy lista", afirmó.
Y es que, el tiempo no ha borrado su memoria, los recuerdos están frescos en la mente de doña "Cayita", quien lavando, planchando y haciendo tortillas para vender crió a sus cinco hijos, dos de ellos ya fallecidos.
A pesar de su edad, come de todo, se baña y camina sola, lava ropa y si la dejan hasta sale a la calle.
Tiene 12 nietos y varios bisnietos a quienes asegura les ha enseñado a rezarle a la Virgen, pero "a ellos no les gusta". A sus 100 años tiene visa estadounidense, ha estado hasta en Disney World, pero afirma que no hay como Honduras. "No me gustó, ahí hay puras casas de ricos y las mujeres gringas no pueden hacer tortillas, solo saben estudiar y cantar", dijo riendo.
Habla todo el día, como si quisiera que nadie olvidara su voz. Camina sin ayuda con su cuerpo erguido como si tuviera 15 años, "derechita" como ella misma dice y asegura que todo se lo debe a la Virgen. La patroncita la trae cada año a la casa de doña Teresa Luz Rivera, la hija de una maestra que ayudó a su hijo menor Silvio a culminar su primaria. Y según ella, Dios le dará licencia para volver el próximo año.