Honduras
La calamidad es la leal compañera de los estudiantes del instituto Blanca Adriana Ponce de la capital de Honduras.
Su actual directora, Xiomara Ponce, asegura que el derecho a la educación de la población estudiantil del colegio siempre ha sido sombrÃo desde que comenzó a funcionar en 1995.
La docente relata que el instituto funcionaba en Los Pinos, luego fue trasladado a la Kennedy, donde los maestros pagaban el alquiler, y actualmente se ubica a inmediaciones de Las Palmas a la par del Instituto Hondureño de Mercadeo AgrÃcola (IHMA) en un local que les paga la SecretarÃa de Educación.
Desde hace cinco años el problema no es el local sino la falta de mobiliario que obliga a los estudiantes a recibir el pan del saber en condiciones antipedagógicas, sentados en el suelo, en baldes tapados con pedazos de pupitres o sillas fabricadas con tablas viejas.
Laura Zúniga, de 13 años, alumna del segundo curso, asegura que se siente minimizada al tener que recibir clases en el suelo o apiñada en bancos improvisados que elabora junto a sus compañeras con pedazos de sillas y tablas de madera.
"No tenemos donde apoyar los cuadernos para escribir y a veces tenemos miedo de caernos porque la tabla donde nos sentamos cruje", afirma.
La ley para estos 1,300 estudiantes es: "el que llega temprano se gana el privilegio de una silla donde recibir sus clases". Los alumnos tratan de estar en los portones hasta 20 minutos antes de que abran el centro educativo, pues la carrera por lograr un asiento es segura.
Esta situación se repite en las dos jornadas, puesto que la población estudiantil no varÃa de manera significativa. En la matutina asisten 600 estudiantes y en la vespertina 500. Los 250 estudiantes de la noche son los únicos que reciben sus clases sentados.
Clamor
El déficit de mobiliario alcanza un 30 por ciento pues un promedio de 300 estudiantes en cada jornada no cuentan con un lugar asignado para sentarse.
A la falta de sillas se suma la necesidad de un nuevo salón de clases puesto que 35 estudiantes del primer curso sección "5" tienen que rotarse para recibir clases en el patio o en la sala de computo.
El haber hecho amigos y considerar muy buenos a sus maestros le cuesta sudor al pequeño Ervin Chirinos, de 12 años y alumno del primero de ciclo común.
"Me siento muy triste al tener que recibir mis clases bajo el sol, porque en mi escuela tenÃa un pupitre y un aula asignada. No me cambian de colegio porque acá ya tengo amigos", dijo.
Rubén MartÃnez, maestro de la clase de Ciencias Naturales, confirmó la vergonzosa realidad que viven sus alumnos.
"Nosotros no tenemos aula, cuando se puede imparto mis clases en el laboratorio, pero cuando los estudiantes deben hacer sus prácticas tenemos que salir al patio", confirmó.
"Esa es la realidad en la que debemos trabajar pero nunca los jóvenes han dejado de recibir una hora de clases", destacó.