Honduras
El surgimiento de Tegucigalpa, como capital política del país, está basado en una decisión de Marco Aurelio Soto, quien siendo presidente, decide trasladar el poder desde Comayagua hasta estos cerros de plata (una traducción muy romántica de la palabra indígena Taguzgalpa, pero poco probable, puesto que los indígenas desconocían el término “plata” y el mismo valor del mineral)
Mucho se ha hablado de las razones de Soto para el traslado. Desde amoríos hasta la ambición por el oro y la plata de San Juancito (o tal vez, alguna mezcla de ambas).
Lo cierto es que después de haber obtenido parte de los derechos de El Rosario, en las alturas del antiguo pueblo, Soto recibe la llegada de los hermanos norteamericanos Washington y Louis Valentine, quienes tras inspeccionar la antigua mina española, compran los derechos de explotación a Soto y su primo Gutiérrez (quedando ambos con un buen porcentaje de las acciones).
Así es como surgió The New York and Honduras Rosario Mining Company, o como la conocemos ahora, La Rosario. La primera bocamina abierta fue El Rosario, ubicada a 4 kilómetros arriba de San Juancito.
Cuatro kilómetros arriba, estaba la segunda, denominada Peñablanca, donde trabajaban la mayoría de los mineros y la tercera fue La Uno.
En la época de mayor apogeo, cerca de 15, 000 hombres y mujeres llegaron a trabajar en las minas más importantes de Honduras y una de las más grandes de América.
La Rosario cambió por completo las montañas de San Juancito. Extensos caminos fueron abiertos, se crearon oficinas, casas, hospitales y cementerios.
Se construyeron plantas eléctricas (la primera planta generadora de energía eléctrica del país estuvo aquí), se pusieron rieles para trenes (¡en estas montañas!) y hasta se levantó la primera planta embotelladora de refrescos de Centroamérica: Pepsi.
Todos estos adelantos, tuvo precios grandes, por supuesto. El bosque desapareció y la historia señala los parcialismos políticos y económicos de Soto y los siguientes gobernantes, hacia la minera.
El descontento social quedó ahí, gestándose, latiendo, hasta que pudo encontrar en alguna década perdida, algún eco de vida y sangre.
En 1954, la compañía abandonó las montañas de San Juancito y trasladó parte de sus activos a El Mochito, Santa Bárbara y Nicaragua. Desde, entonces, el bosque comenzó a regenerarse, algo que no logró el pueblo de San Juancito.
Hoy, el viejo plantel minero es manejado por los escasos pobladores que permanecen y Amitigra, la ONG encargada de velar por el parque nacional La Tigra.
Recorrer El Rosario es un viaje al pasado en una de las mejores áreas protegidas del país.
Varias opciones de alojamiento están disponibles (para gustos y capacidades) y un espectáculo extraordinario de la madre naturaleza, nos da otro pretexto para el recorrido. La historia nunca muere, solo se necesita una mochila y mucha curiosidad.