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Adiós a un cinéfilo

"Anita la cazadora de insectos", película hondureña de 1999, fue dedicada a César Durón.
25.03.10 - Actualizado: 25.03.10 07:11pm - Redacción: redaccion@elheraldo.hn

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Tegucigalpa,

Honduras

El crítico de cine Hispano Durón, columnista por varios años de EL HERALDO, se despidió de su padre César Óscar Durón Zúniga con el siguiente escrito: “Anita, la cazadora de insectos”, la película que dirigí en 1999, está dedicada “a mi padre, mi primer y gran maestro”.

No podía ser de otra manera: nadie me motivó a dedicarme al cine, tanto como lo hizo él. César Óscar Durón Zúñiga fue un cinéfilo incansable desde muy temprana edad, hasta que dio su último adiós el 24 de marzo de 2010.

Tenía 79 años. Según me contó, las primeras exhibiciones a las que asistió fueron en el Teatro Manuel Bonilla, donde subía hasta el “gallinero” con sus hermanos, para ver las series de Flash Gordon.

Allí, a la edad de 7 años, aprendió a gritar “cácaro” cada vez que la cinta se trababa en el viejo proyector. Su padre, Raúl Durón, casado en segundas nupcias con Leticia Zúñiga, era dentista de profesión, pero lo que lo había hecho prosperar era su afición filatélica.

Adquirió una casa en la avenida Jeréz de Tegucigalpa, y a sus hijos Alberto, Raúl y Óscar les compró un proyector de juguete.

Los tres niños organizaban proyecciones nocturnas con cortos de Chaplin, e invitaban a los amigos del barrio La Ronda. Mi padre era el proyeccionista, al que también, en más de una ocasión, le gritaron “cácaro”.

En los años mozos, con frecuencia acudía al cine Pálace donde vivió la Época de Oro del cine mexicano, con las interpretaciones musicales de Tito Guízar y Jorge Negrete.

En la universidad estudió ingeniería civil, una carrera escogida entre las pocas que ofrecía la UNAH. Más tarde me confesaría que hubiera preferido estudiar una carrera inexistente en Honduras: arquitectura.Aunque también soñó con ser escritor. Pero todos sabíamos que su verdadera pasión era el cine.

Cuando se hizo novio de mi madre, Ana María Gómez, una jovencita de la calle Las Damas, la llevó de la mano para ver las películas italianas de moda, como La Dolce Vita de Fellini.

Sus hijos, Xelajú, Rosicler y yo, fuimos astilla del mismo palo y salimos cinéfilos. Pensó que su hijo varón escogería una de las profesiones tradicionales como medicina, pero no se opuso cuando le revelé que me iba a estudiar cine al otro lado del mundo.

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