Honduras
Danilo Sierra Torres escribe desde que era un niño. Ha sido merecedor a varios premios literarios de poesía y ensayo, los géneros que más le apasionan.
Tuvo la buena fortuna de participar por segundo año en esta actividad patrocinada por EL HERALDO, en donde también consiguió un reconocimiento. El año anterior ganó el segundo lugar y ahora, el cuarto.
"Para mí no es un incentivo obtener premios en monetario, el solo hecho de saber que mis escritos los pueden leer mucha gente y a más de alguno le quede alguna enseñanza o simplemente arrancar una sonrisa, para mí eso es muy importante.
Hace tiempo que quiero conseguir un Diccionario Panhispánico y gracias a esta competencia lo conseguí".
El acompañante
Por: Danilo Sierra Torres
Al salir de la última función de cine, Julia miró con desaliento que estaba lloviendo. Suspiró resignadamente y se dispuso a esperar a que cesara la lluvia. Había quedado de reunirse ahí con su mejor amiga y disfrutar juntas de una película de horror, llamada "Los muertos vivientes". Pero su amiga no apareció. Poco a poco la gente fue abandonando el vestíbulo del cine. Unos en vehículos particulares, otros en taxis y los más a pie, desafiando la lluvia.
Al cabo de un rato, Julia miró distraídamente a su alrededor y comprobó que solo quedaban ella y dos hombres. Uno, un joven veinteañero, flaco como una pajilla, con la cara empedrada de barros, ataviado con una chaqueta de cuero y que, mientras masticaba una pelota de chicle, fumaba simultáneamente un cigarrillo. Y el otro, un hombre alto, enjuto, de edad indefinida, enfundado en una gabardina o abrigo negro, evidentemente pasado de moda. Permanecía inmóvil, con la vista perdida en la oscuridad.
La lluvia, aunque ya había disminuido su intensidad, se había transformado en una pertinaz llovizna. La muchacha miró por enésima vez el oscuro cielo, y se estremeció por un vivísimo relámpago.
De pronto, reparó en que el joven de la chaqueta de cuero la estaba mirando. Era una mirada apreciativa, acompañada de una mueca que intentaba ser sonrisa. Julia instintivamente, subió una mano al pecho y cerró un poco más el cuello de su escotada blusa y dando media vuelta, fingió interesarse en las carteleras de los próximos estrenos cinematográfico. Caminó unos pasos, acercándose al silencioso caballero. De reojo, le echó una mirada. Tenía la tez pálida, acentuada seguramente por la luz artificial, el cabello negro, liso y brillante, excepto en las sienes, en donde los parches de las canas dábanle un toque de distinción.
Con la vista clavada en la oscuridad nocturna, se veía tan inofensivo como un gran zopilote posado en la rama de un árbol. Repentinamente, el hombre desplegó un inmenso, negro y sedoso paraguas, tan grande como una carpa; y volviendo su afilado rostro hacia Julia, dijo con voz profunda y educada:
-Si lo desea, puedo acompañarla. Así se mojará menos. Durante unos brevísimos instantes, Julia vaciló; pero decidió que era mejor arriesgarse con aquel caballero, que quedarse a solas con aquel joven gamberro. Así que tímidamente contestó:
-Muchas gracias. Se lo agradezco mucho. Pero, a lo mejor vamos en direcciones opuestas. Yo voy para abajo, a la terminal de autobuses.
-Muy bien -dijo el hombre- yo voy en esa dirección.
-En ese caso, acepto -dijo Julia arrimándose y quedó bajo la protección de la gran cúpula de seda negra. Iniciaron la marcha a paso lento. Parecían que caminaban por el interior de un largo túnel, oscuro y húmedo, pero que al final, mostraba la brillante claridad de la terminal. El hombre, muy erguido, caminaba como deslizándose, muy lentamente como si no estuviese acostumbrado a caminar o quizás acoplándose a los cortos y cuidadosos pasos de la muchacha. Durante un par de minutos, caminaron en silencio, aspirando el fuerte aroma de la tierra húmeda. Se hallaban en la parte vieja de la ciudad, conocida como el "Casco Histórico de la Capital".
-¡Qué incómoda esta lluvia!, ¿verdad? -comentó Julia a su taciturno acompañante.
-Sí -respondió él- cala hasta los... huesos.
-Es cierto -dijo ella, y a continuación preguntó:
-¿Y, usted vive cerca?
-Sí, a una cuadra antes de la terminal.
-Vaya lugar -dijo Julia-, tan cerca del antiguo cementerio. Ni así me pagaran viviría por aquí.
-¿Por qué? -preguntó él.
-¡Me moriría de miedo! -aseguró ella
-¿Miedo? ¿Acaso usted es miedosa?
-¡La más miedosa de las mujeres! -enfatizó Julia.
¡Pero, usted viene de ver una película de miedo!... Con decirle que a mí me asustó mucho.
-Ah -dijo ella -pero eso solo era una película. Y el viejo cementerio es real. Con ese montón de muertos del siglo pasado... o que sé yo... ¡Y no es porque yo crea que los muertos salen! ¡Qué conste! No; no es por eso... es que es... muy callado... ¡Eso!... callado y solitario, ¿Entiende?
-Sí; y muy aburrido -concluyó él. Y deteniéndose dijo:
-Bueno, hasta aquí llego. Ahí tiene la estación de autobuses.
-¡Es cierto! Venía tan entretenida. Muchas gracias por acompañarme.
Y lanzando una mirada circular, a la larga fila de antiguos caserones ubicados frente al muro del antiguo cementerio preguntó:
-¿Y a dónde vive usted?
-Aquí -contestó el hombre, y haciendo una leve inclinación, atravesó como si no existiera, el cerrado portón del cementerio y se perdió en las sombras.
FIN