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Padre Trino, defensor de la educación

Por su talante afín a la Ilustración, y a lo mejor del humanismo y arte religioso, el padre Reyes estaba convencido de la importancia de las artes (del teatro en particular) como instrumentos para civilizar y hacer progresar a las naciones.
10.06.10 - Actualizado: 10.06.10 06:46pm - Gustavo Banegas: gustavo.castillo@elheraldo.hn

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Tegucigalpa,

Honduras

Hoy 11 de junio recordamos el nacimiento de una de las máximas figuras nacionales que es recordada por su lucha por la educación, se trata del padre José Trinidad Reyes.

Declarado prócer de la patria, el padre Trino, como también se le conoce, es el fundador de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, anteriormente instalada en la casa de gobierno y conocida como Sociedad del Genio Emprendedor y del Buen Gusto.

Fue un luchador contra la pobreza y sus causas, asistiendo a los pobres e insistiendo en su derecho a la educación no solo en asuntos de la fe, sino también en asuntos como la cultura y las ciencias.

Como aportes a la cultura escribió varias pastorelas, reconstruidas por Rómulo Durón, las cuales son las primeras manifestaciones teatrales en Centroamérica y cuya representación estableció los cimientos en Honduras para la posterior aparición del teatro.

Estas pastorelas eran presentadas por el padre Reyes en las iglesias de Tegucigalpa, una de estas es "Navidad nuestra", que con el tiempo se ha convertido en un clásico del teatro hondureño contemporáneo por su mezcla armoniosa de las diferentes tradiciones presentes en la Navidad hondureña.

Reyes fue un polemista a favor de los derechos de la mujer, esto se ve reflejado en sus pastorelas, donde los personajes femeninos son mujeres con mucha voz.

Es célebre un escrito suyo aparecido con el seudónimo de Sofía Seyers, el cual es todo un manifiesto feminista, donde Reyes aboga porque se cumpla en las mujeres el derecho más elemental de la educación. Muchas de las ideas expresadas por Reyes en ese artículo están inspiradas en las socialistas francesas y en las ideas ilustradas de la Revolución francesa, de las que el padre Reyes en su faceta política fue un gran divulgador.

En 1835 reedificó la capilla del templo de La Merced y los templos de San Francisco y de El Calvario. También edificó los pequeños templos de Las Casitas, el templo de Soraguara y el de Suyapa, este último famoso por su pequeña virgen.

También ayudó al señor don Antonio Tranquilino de la Rosa, en su obra de reparación de la iglesia parroquial de Tegucigalpa, que estaba en ruinas debido a los sacudimientos terrestres de 1809.

El 15 de septiembre de 1852 dio su discurso político-religioso en la inauguración del Congreso Centroamericano, reunido en Tegucigalpa, en el cual figuró en primera línea, como diputado de la nación.

Otro de sus grandes logros es el haber dotado el primer piano a la ciudad de Tegucigalpa, y fundar la primera biblioteca de la Universidad.

El padre Reyes dejó de existir el 20 de septiembre de 1855. Durante la administración del doctor Marco Aurelio Soto, se le erigió un busto de mármol en la Plaza La Merced, frente al edificio de la Universidad.

El doctor Ramón Rosa escribió la biografía del padre Reyes, que es una valiosa pieza literaria.

En honor a su gran labor se ha consagrado el 11 de junio de cada año como Día del Estudiante para rendirle homenaje en el aniversario de su nacimiento.

Carta de Sofía Seyers

Yo, débil mujer, me atrevo a levantar la voz reclamando los derechos de mi sexo, en medio de un pueblo que apenas los conoce: yo, sin misión expresa de mis compañeras, hablo en su favor a una sociedad que se cree iluminada con los resplandores del siglo XIX, y que no va a retaguardia en la marcha de la civilización y del progreso, pero que, en orden a nosotras, no tiene ideas que vayan en consonancia son sus adelantos.

No pido tanto como las mujeres parisienses; no me quejo de que en el siglo de las democracias se tolere y se sostenga la aristocracia varonil, ni de que, abolida la esclavitud, esa aberración tan depresiva de la especie humana, no se haya también emancipado la mujer, quedando ella sola esclava en medio de tanta libertad; ni tampoco hago reparar que el principio, tan decantado, de la igualdad civil y política, no se haya extendido hasta nosotras.

No pretendo, como las socialistas francesas, que seamos asociadas a la administración gubernativa que se nos dé el derecho de concurrir con nuestros votos a la elección de los funcionarios públicos, ni que nos declaren hábiles para obtener los destinos de la Patria.

No me avanzo hasta ese punto, aunque, en verdad, no veo que haya un motivo ostensible y justo para que, en el siglo de la luz y de la razón, se sostengan principios y costumbres que nacieron en los tiempos más oscuros de la ignorancia de la barbarie; aunque no hallo razón suficiente para que se dé a los varones el privilegio exclusivo de optar por los empleos, de dictar leyes y de gobernar a los dos sexos; aunque podría esperarse, tal vez que sería mejor la suerte del género humano dependiendo de la mujer que dependiendo de los hombres, de los que tenemos experiencia de que han trastornado y desfigurado el mundo moral, de tal manera que ya no es aquel que el Creador destinara para la raza humana.

Y es la razón, que la mujer, siendo más tímida, más sociable, más sensible y más dulce, no emprendería guerras por cuestiones frívolas, no haría derramar la sangre por añadir un galón a su vestido adquirir un nuevo título ni para denominarse.

Este es un fragmento de uno de los escritos más populares del padre Trino en el que defiende la feminidad.

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