Honduras
El Museo del Hombre
La Fundación para el Museo del Hombre Hondureño se constituyó el 11 de julio de 1989, período en que el doctor Carlos López Contreras fungía como ministro de Relaciones Exteriores. El diplomático tuvo la iniciativa de convocar a un grupo de notables para organizar una entidad cultural e intelectual asentada en la antigua casa de Ramón Rosa.
La institución ha tenido como objetivo: "la búsqueda incesante de la reafirmación de los valores que hacen parte de nuestra identidad nacional y hacia el rescate de la herencia y memoria cultural de Honduras". Metas que han cumplido a cabalidad en los últimos 21 años de existencia.
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Un par de días atrás me di la vuelta por el Museo del Hombre Hondureño en Tegucigalpa; una visita que me dejó una más que agradable impresión por el trabajo que están realizando en el taller de restauración de dicha institución. Hacía tiempo no llevaba mi cámara por la antigua casa de Ramón Rosa y siempre que la visito, salgo con una sonrisa plena.
El taller de restauración lleva el nombre de, quizá, el pintor colonial más grande que tuvo Honduras: José Miguel Gómez. Arrancó el taller en 1990 gracias a la ayuda especial del PNUD.
Desde ese momento hasta la fecha, cerca de 300 obras de arte han sido restauradas, la mayoría pinturas y esculturas religiosas de la época colonial. Piezas que habían permanecido cientos de años expuestas a los factores degradantes del ambiente y pedían a gritos una restauración.
Es curioso como la mayor parte de los hondureños hemos crecido acompañados de una creencia religiosa sin cuestionarnos o preguntarnos por lo menos alguna vez, la procedencia, características o calidad de las obras artísticas que sustentan esas creencias.
Todos sabemos la función evangelizadora de las piezas religiosas y todos, en más de una ocasión, las hemos visto con respeto, admiración y hasta con un poco de miedo.
Pero ¿las hemos valorado como piezas de arte? ¿Tenemos una idea de su importancia como patrimonio de nuestra nación? Con franqueza, creo que no.
Quienes sí lo saben a la perfección son los restauradores del Museo del Hombre Hondureño. Cuidadosos especialistas que dedican incontables minutos a estudiar las piezas a recuperar; el contexto histórico en que fueron creadas, las técnicas y el estilo de cada artista de la época. Semejante cantidad de conocimiento es solo lo mínimo para atreverse a tocar una obra del siglo XVII o XVIII por citar ejemplos.
Así, en el caso de esculturas, restaurar conlleva un largo proceso que arranca con el registro fotográfico de la obra en su estado actual, para elaborar una ficha clínica que documente todo el proceso.
Luego, se consolida o protege la capa pictórica que aún queda y se hace una limpieza general química y mecánica. Posteriormente, se elaboran los elementos faltantes y se pulen, para después integrarse a la obra. Suena fácil, pero no lo es. Todo debe de ser científica y estéticamente correcto.
Un aplauso para estos jóvenes especialistas que dedican largas horas a restaurar no solo esta o aquella pieza, sino en realidad, la identidad y el patrimonio nacional.
Por otro lado, el aplauso se hace extensivo al Museo del Hombre Hondureño que ha dedicado tiempo y recursos a esta constructiva labor que deja un legado a nuestras siguientes generaciones. Así se hace patria. Así lo hubiera querido el señor Rosa.