Reino Unido
Como era de esperarse, Guillermo de Inglaterra y Catherine Middleton vivieron ayer un cuento de hadas.
Ella, una plebeya, se convirtió en la legítima esposa de uno de los solteros de la realeza más cotizados que un día será el rey de los ingleses.
Londres y el mundo entero se paralizaron para presenciar la solemne y pomposa ceremonia. Los protagonistas llegaron con puntualidad británica a la cita más importante de sus vidas.
El príncipe Guillermo irrumpió a las 10:15 (hora local) por la gran puerta oeste en la abadía de Westminster, escenario de la celebración religiosa, junto al príncipe Harry, su padrino de boda, que trató de mitigar la angustiosa espera de su hermano hasta el momento crucial: la llegada de la novia. Bajo los acordes de la música sacra, ambos entraron en el templo, donde fueron recibidos y escoltados hasta el altar por el deán y capellán de Westminster.
Los minutos se hacían eternos, pero el ceremonial nupcial siguió su curso. Pese a la aparente parsimonia del reloj, Westminster se llenó con un continuo goteo de invitados al enlace (miembros del Gobierno, jefes de Estado, la realeza extranjera, familiares y amigos de la pareja… Un total de 1,900 personas).
Momentos que el novio y su padrino aprovecharon para saludar a la familia Spencer y a algunos otros asistentes. Una fanfarria anunció con "La marcha de los pájaros", de Charles Hubert Hastings Parry, la entrada de la invitada más importante, la reina, abuela del novio.
El deán de Westminster condujo al son del Prelude on Roshymedre, de Ralph Vaughan Williams, a la comitiva real, integrada por el príncipe de Gales y la duquesa de Cornualles y por la reina Isabel y el duque de Edimburgo, al interior de la abadía. Y, cuando solo la novia faltaba por entrar en el templo, tomaron sus puestos los pastores que oficiaron la ceremonia: el deán de Westminster, John Hall, principal conductor del servicio; el arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, encargado del rito del matrimonio; y el obispo de Londres, reverendo Richard Chartres, amigo personal del príncipe Carlos y sacerdote del funeral de la princesa Diana, responsable del sermón. Llegó el momento de despejar las últimas incógnitas.
La novia apareció en Westminster a la hora prevista y sin defraudar a sus seguidores: blanca y radiante con una creación de la diseñadora Sarah Barton para Alexander McQueen, que recordaba al vestido de novia que lució en su día Grace Kelly, y coronada con la tiara Halo Cartier, que le ha cedido la reina.
Llegó a la abadía como Kate Middleton, procedente del hotel Goring en lugar de uno de los palacios reales, y en coche, un Rolls Royce Phantom VI, en lugar de un carruaje real para significar su metamorfosis de común a alteza real.
Entró, del brazo de su padre, Michael Middleton, y recorrió los últimos metros hacia su nueva y floreciente vida sonriente y con la mirada fija en el altar, donde la esperaba su apuesto príncipe, con el uniforme de coronel de la Guardia Irlandesa y la insignia de la estrella de ocho puntas de la Ilustrísima Orden de San Patricio, entre otras.
La siguieron al son del solemne canto I Was Glad, de Charles Hubert Hastings Parry, su dama de honor, Pippa Middleton, pendiente en todo momento de que el vestido de su hermana luciera en todo su esplendor, y el grupo de pajes y damitas.
El príncipe Guillermo no desvió la mirada de su futura esposa, a la que recibió con una ilusionada sonrisa y espontáneos piropos que calmaron los nervios de ella y le arrancaron una risita.
El momento más privado de la ceremonia precedió el final del enlace. Los novios se dirigieron a firmar el registro de matrimonio en la capilla de la abadía de Westminster, tras el altar. No había cámaras de televisión y fue el momento en que la pareja se dio un respiro en la intimidad para decirse: "Ya está. Ahora somos marido y mujer".