Honduras
Llegué con la misión de hacer constar su sacrificio y el sacrificado fui yo. Fui a entrenar con Mario Moncada. Su estadio esperaba ya cerca de las 5:00 PM. Un circuito natural y nada moderno, aunque sí muy sano.
Parece mentira, pero las calles de este pueblo son viles testigos de cómo se pretende formar un árbitro profesional.
La rutina de Moncada es correr 15 kilómetros diarios (después de laborar en la ENEE como gerente regional) las calles de esta ciudad y luego en carretera abierta hasta la comunidad de Río Dulce y viceversa.
El miedo no me lo enfrascó nadie, sabía que mi condición física no me permitiría llevar su ritmo, de hecho así fue.
Antes de la hora pactada, Moncada me contó su día de trabajo entre tenazas y transformadores. Además me mostró sus medallas y preseas de: boxeo, fisicoculturismo, karate, baloncesto y fútbol. “Este fue mi primer trofeo en 1990”, dijo.
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¿Eso significa que usted es un corajudo, no son deportes comunes? -le comenté-. “Yo de pen..., pero eso sí, a mí nunca me ha gustado perder”.
Estiramos los músculos y entre plática me contó la rutina, misma que me aprestaba a realizar sin saber cómo terminaría.
“Una vez el Flaco (José Luis) Pineda vino a correr conmigo y me dijo que estaba loco, no me aguantó”. Comenzamos a trotar, entonces la velocidad se incrementó y lo sentí.
“Tiene aguante”, dijo el hermano de Mario. “Pero ya ni habla ja, ja, ja”, dijo el árbitro. “No se me vaya a agüevar, usted siga el ritmo”, me retó.
Comenzamos a correr de nuevo, pero ya no di para más. Me quedé rezagado, mientras, Mario siguió, salió a la pavimentada y corrió entre caballos y camiones. La lluvia apareció. Sentí en carne propia el sacrificio que hacen algunos, a veces creo que lo hacen por masoquismo.