Estados Unidos
En medio de la celebración en la casa club de los Dodgers, el primera base James Loney llevaba una camiseta con un mensaje impreso que lo decía todo: “Amamos a Manny por ser Manny’’.
En Los Ángeles todos aman ahora al dominicano Manny Ramírez, quien abandonó las filas de Boston hace un par de meses, con muy mala reputación, y se unió a un equipo con una campaña mediocre, cerca de la marca de .500, que tenía sin embargo posibilidades de colarse a la postemporada al jugar en una de las divisiones más débiles de las Grandes Ligas.
Ahora, los logros de Ramírez han sido impresionantes en todos los aspectos.
Casi de inmediato, el toletero le infundió entusiasmo a una casa club que antes parecía fría, y se convirtió en un consentido del público.
Y pese a la mudanza de la Americana a la Nacional, comenzó una de las mejores rachas de su carrera, llevando a los Dodgers a su primer título de la División Oeste en cuatro años.
“Llegué a jugar y a mostrarle a la gente lo que puedo hacer’’, dijo. “No esperaba nada de mí mismo. Quería mostrar a la gente que puedo correr y fildear, y lo hice’’.
Ramírez ha marcado la diferencia también en el graderío. Los aficionados, acostumbrados a llegar tarde al Dodger Stadium y a marcharse antes de que concluyera el encuentro, pasaron más tiempo en las butacas.
También mejoró la asistencia de los espectadores, en unos 4.300 por partido desde que se realizó el canje.
El 31 de julio, cuando los Medias Rojas cedieron a Ramírez, tanto el club como el toletero estaban hartos. En su última temporada dentro de un contrato por ocho años y 160 millones de dólares, Ramírez pidió su salida, al señalar que los Medias Rojas no se merecían a un jugador de su categoría.