Suazilandia
Estando en África EL HERALDO no podía perderse la oportunidad de lanzarse a la aventura de la selva, así que nos fuimos de safari al Parque Nacional Kruger, el más importante de este continente, ubicado en el sector de Hazyview, a 15 minutos de esta ciudad.
Acá podés ver todos los animales posibles, pero es preferible llegar desde las 6:00 de la mañana, pues por la tarde las especies se esconden; además, se recomienda no hacer ruido, para no asustarlos y que aparezcan cuando menos te lo esperás, como un rinoceronte que cruzó la calle al frente de nuestro vehículo sin previo aviso; al poco rato vimos una jirafa y mi compañero Johny se bajó del carro para tomarle una foto y el guía, asustado, le dijo que está prohibido bajar, por seguridad propia.
El parque es enorme (18 mil 989 kilómetros cuadrados, más o menos el mismo tamaño de País de Gales) y hay tantos animales por observar que un amante de la zoología se haría millonario de la vista. Hay tours de distintos precios y períodos de tiempos: desde cuatro hasta ocho horas y con valores entre 120 a 150 dólares.
No te desesperés...
Pasaron 10 minutos y no mirábamos nada. La paciencia es vital en un safari. Luego, a lo largo, nuestros ojos se maravillaron con una manada de cebras.
Empezó nuestra buena suerte. Seguidamente vimos búfalos, cocodrilos, elefantes, venados, pájaros... verlos libremente crea un escenario de peligro cercano, pero la experiencia es única.
Llegamos al santuariode los elefantes...
- ¿Quieres tocar un elefante? -me preguntó Jeffrey, nuestro guía durante la travesía-.
Sí -le contesté sin dudarlo, muy valiente yo-.
Luego de varios kilómetros veo un letrero que dice: "Bienvenidos al santuario de los elefantes".
EL HERALDO iba en un tour junto a sudafricanos, chilenos y mexicanos y, después de avanzar en medio de unos árboles, recibimos la orden de esperar sentados en una banca de madera. Inmediatamente aparecieron dos enormes elefantes africanos y yo me sentí como el Chapulín Colorado cuando se toma sus famosas pastillas de "chiquitolina".
Al principio sentí nervios, pero después de varios minutos la emoción te envuelve, hasta que llega el turno de tocarlos y darles de comer a los dos hermosos paquidermos: Caspa tiene 24 años y es enorme, mientras que Itzo es más pequeño, con 11 años; la cola se siente como un alambre, su cuerpo es duro como una pared y su lengua hierve.
Después viene lo mejor: montarse en uno. Tras dos turistas y el guía, yo subí junto a Osciel Guzmán, un hincha chileno que no paraba de reírse en el recorrido, porque era como ir en una montaña rusa cuando Caspa iba de bajada.
Caspa hacía lo que el guía le decía: "El entrenamiento de estos animales no acaba nunca, son dóciles si los tratas bien. Nosotros los cuidamos mucho y le mostramos cariño porque ellos lo sienten", me explica otro guía, Kadishi, mientras caía la tarde, tiempo de dormir para los animales...