La escuela de Gonzalo Sánchez

Si los policías de investigación hicieran su trabajo con dedicación y responsabilidad, ningún crimen quedara impune, ningún criminal dejaría de pagar su delito y la gente honrada no haría justicia por su propia mano.
ElHeraldo.hn

Honduras

24.08.2008 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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Asesinato de la rama de ficus. La mañana del 24 de julio de 1997, después de salir de su última clase en la universidad, desapareció Vicenzzina Trimarchi Galindo, de diecinueve años; tres días después, a la orilla de un camino solitario, dos campesinos encontraron su cadáver desnudo sobre la hierba húmeda, cubierto de moscas y en proceso de descomposición.

Fue asfixiada el mismo día que desapareció y su asesino mantuvo el cadáver en su propio clóset, hasta que comprendió que no podría "guardarlo" más. Según la DGIC, ayudado por alguien muy cercano a él, borró toda evidencia que pudiera incriminarlo y se deshizo del cuerpo, seguro de que había cometido el crimen perfecto.

Y así hubiera sido si no comete un tan solo error: espantar las moscas que siguieron al cadáver con una rama de ficus que arrancó de un árbol que estaba frente a su casa, pero lo peor fue que la tiró a menos de tres metros del cuerpo de su víctima, en una zona donde no existe ese tipo de árbol.

Esto fue suficiente para que la DGIC resolviera el caso en una investigación que fue premiada por la Academia de Ciencias Forenses de Los Ángeles, California, Estados Unidos, con el primer lugar entre más de seiscientos casos criminales de todo el mundo.

Gonzalo Sánchez era director de Inspecciones Oculares y su trabajo en la investigación del asesinato de la rama de ficus, al lado de uno de los mejores equipos de agentes de Homicidios, fue una demostración clara de que la historia de la DGIC también está escrita con grandes logros.

UN CRIMEN DANTESCO.

Una mañana de junio de dos mil uno, varios vecinos de un exclusivo edificio de apartamentos de Tegucigalpa, avisaron a la policía que en un pasillo del tercer piso había huellas de sangre y que por debajo de una puerta salía un charco de sangre coagulada. La DGIC no tardó en presentarse. La puerta no estaba con llave y los detectives de Homicidios entraron sin dificultad. El cuadro que se presentó a sus ojos era grotesco.

Había sangre por todos lados y, a menos de dos metros de la puerta, tirado boca abajo sobre el piso, estaba el cuerpo desnudo de un hombre joven, que había muerto hacía varias horas. Tenía golpes en todo el cuerpo y numerosas heridas de cuchillo; los detectives le contaron nueve en la espalda, tres en el pecho y dos en el abdomen, unas más graves que otras. Además, tenía golpes en la cabeza y en el rostro y debió morir después de una agonía larga y terrible. La escena del crimen era espeluznante. La sala estaba desordenada, con huellas de lucha en todas direcciones, había manchas de sangre por todos lados y señales de que la víctima se había arrastrado hacia la puerta de salida, seguramente para implorar ayuda. Los detectives llamaron a Inspecciones Oculares.

EN LA ESCENA DEL CRIMEN.

En esa época, varios instructores de la Policía de Investigación Criminal española asesoraban a la DGIC en las nuevas técnicas de la investigación criminal. Los especialistas hacían énfasis en el análisis psicológico de la escena del crimen, en el perfil psicológico de la víctima y del criminal, en el perfil geográfico de la escena del crimen, la recolección de evidencias y su importancia en relación a la víctima y al criminal, y la clasificación del delito de acuerdo al grado de violencia e intencionalidad, así como del o los participantes y el tipo de relación que tenían con la víctima. Por supuesto, era una gran escuela que se complementaba con el trabajo forense y la pasión natural de los investigadores.

Con Inspecciones Oculares llegaron al apartamento tres de los instructores. Ninguno de ellos abrió la boca y solamente se limitaron a evaluar el desempeño de sus alumnos en un examen que tenían que aprobar por la fuerza. Gonzalo Sánchez se hizo cargo de la escena, mientras uno de sus asistentes tomaba fotografías desde todos los ángulos.

Cerca de un sillón volcado encontraron un cuchillo de cocina, lleno de sangre seca y coagulada, con huellas de dedos en el mango. Gonzalo ordenó que tomaran fotos del sitio donde fue encontrado. Fue lanzado con fuerza sobre el piso y había manchas de sangre en el sitio donde cayó. En una esquina, estaba una botella sellada de whisky Johny Walker, ensangrentada y con varios cabellos pegados a la masa sanguinolenta. Las cortinas estaban arrancadas, los cojines desparramados, varios libros tirados en una esquina y salpicaduras de sangre por todas partes. Se tomaron más de cien fotografías en este lugar.

En el dormitorio también había señales de lucha. La cama estaba desordenada, las sábanas estaban manchadas de sangre y las almohadas estaban en el suelo. Las lámparas estaban quebradas y en la parte de atrás de la puerta había una mancha de sangre y pequeños pedazos de piel. Los técnicos de Inspecciones Oculares empezaron a buscar evidencias.

Cerca del clóset, en el piso, encontraron un preservativo usado, con restos de heces fecales en la punta pero el interior vacío. Cerca de la cama encontraron la envoltura rota. En una esquina, a pocos centímetros del umbral de la puerta, estaba un pedazo pequeño de un diente, que fue identificado como incisivo superior izquierdo y debajo de una almohada, hallaron un sobre blanco, vacío, con el logo y la leyenda de un laboratorio médico. Los técnicos pasaron al baño. El lavamanos estaba manchado de sangre, la llave goteaba y el jabón estaba en el piso, también con manchas de sangre; una toalla empapada estaba tirada sobre el tanque del inodoro, y en el piso del baño estaba una bola de papel arrugado y seco. Los investigadores pasaron las siguientes nueve horas en el apartamento. Al finalizar, tenían numerosas evidencias embaladas y no habían dejado centímetro cuadrado sin revisar. Había sido un trabajo largo y agotador. Nadie había bebido siquiera una gota de agua y algunos murmuraban que Gonzalo Sánchez era un tirano, aunque valía la pena. Los instructores estaban satisfechos, no solo con lo que habían observado, sino también porque tenían la barriga llena. La DGIC hacía un buen trabajo. Pero faltaba el reto mayor.

LA CÁTEDRA DE GONZALO SÁNCHEZ. El edificio de apartamentos era un caos. Los detectives se multiplicaron en todas direcciones pero los vecinos se negaron a colaborar. Aquello era mala publicidad para ellos y preferían encerrarse y evitar toda conversación con los policías y, sobre todo, con la prensa. Cuando Medicina Forense retiró el cuerpo, llegaron los familiares de la víctima, con guardias de seguridad y algunos policías preventivos. Gonzalo no los dejó acercarse a la escena, a pesar de las protestas y las amenazas.

Cuando los muchachos terminaron de comer y beber, se reanudó el examen. Los instructores estaban serenos, pero su sola presencia y su deliberado silencio, eran suficientes para presionar a los investigadores. Gonzalo tomó la palabra. Eran las nueve de la noche.

-Estamos ante un crimen entre homosexuales -dijo-. La violencia y la furia con que fue atacada la víctima es típica del impulso destructivo con que actúan la mayoría de los homosexuales que cometen este tipo de delitos. Destrozan a su víctima haciendo el mayor daño posible y causando el mayor sufrimiento, y lo hacen para vengar una traición o para que el objeto de su amor no sea nunca de alguien más. A nuestra víctima lo mató su pareja o compañero; decimos esto porque encontramos un condón usado, pero sin fluidos seminales, y manchado con heces fecales, seguramente de la víctima. En el baño se encontró un papel arrugado que fue estrujado con cólera; en él está el resultado positivo de la prueba de VIH que se hizo la víctima el día anterior a su muerte. Creemos que él le confesó su estado a su compañero, le enseñó el papel y este se enfureció. Seguramente eran pareja desde hacía mucho tiempo y tenían relaciones sin protección, confiando uno en el otro. La víctima quiso ser sincero y encontró la muerte, una muerte terrible. En el apartamento encontramos basura acumulada al menos por tres días. El condón fue usado tal vez esa misma noche. Pudo ser que quien lo usaba no se sintiera cómodo con él y se lo quitó, quizás la víctima no estaba de acuerdo, pero su pareja se impuso, terminó la relación y después vino la confesión. Al creerse contagiado también, el desencadenó la tragedia. Lo golpeó con el puño en la boca, con tanta fuerza que le quebró un diente. Seguramente se hirió los nudillos y eso nos ayudará a identificarlo. Furioso, lo siguió golpeando, lo estrelló en la puerta del cuarto, lo amenazó con matarlo y, quizás la víctima, trató de huir. El asesino cogió un cuchillo de la cocina y lo atacó por la espalda, hiriéndolo hasta provocarle la muerte por desangramiento. Pero también lo golpeó en la cabeza con la botella de whisky llena. El escándalo debió escucharse en todo el piso, pero a nadie le importó, tal vez porque sucedían con frecuencia. Ya calmado, el asesino pensó en huir, se lavó las manos lo mejor que pudo y salió, dejando a su víctima agonizante.

A pesar de la presión de los familiares para que no se haga público el caso, los detectives identificaron a algunos amigos del muerto que podrían ayudarnos a identificar al criminal. Auxiliados por los especialistas de análisis, los agentes elaboraron un perfil psicológico del asesino. Creemos que se trata de un hombre joven, aunque mayor que la víctima, delgado, alto, tal vez de piel blanca, de buena posición económica y social y profesional universitario. Usa zapatos deportivos y perfumes caros, por las huellas de sangre que dejó en el pasillo y por los dos aromas diferentes que se identificaron en las almohadas. Uno es el de la víctima. Los muchachos de Dactiloscopia están identificando las huellas encontradas en el apartamento. Las que se encontraron en el cuchillo no sirven para la investigación, aunque sí nos ayudaron para calcular y deducir la contextura física del criminal. Creemos que este llegó al apartamento en su propio vehículo, porque el de la víctima estaba en el estacionamiento del edificio y el guardia asegura que regresó solo, a eso de las seis de la tarde, pero no recuerda o no sabe si alguien vino a buscarlo. Además, suponemos que el asesino también estaba desnudo al momento del crimen y que sus ropas no se mancharon de sangre, o se mancharon poco. Pero al salir del apartamento, se manchó los zapatos con sangre fresca; tal vez no se dio cuenta de esto o no lo pudo evitar por la cantidad de sangre que había en el lugar. Los muchachos acaban de hacer una prueba con luminol y las manchas de sangre llegan hasta el estacionamiento.

A la una de la mañana los detectives bostezaban de hambre y sueño, y se caían de cansancio. Gonzalo guardó silencio y los instructores, con las piernas cruzadas y siempre callados, empezaron a aplaudir.

EL DÍA SIGUIENTE. A las dos de la tarde, el equipo de investigadores se reunió de nuevo. Dactiloscopia identificó varias de las huellas digitales y los detectives presentaron al grupo una lista de seis sospechosos. Pronto descartaron a cinco de ellos. Dos eran mujeres, uno era hermano de la víctima y dos colaboraron con los detectives cuando se les localizó, presentaron buenas coartadas y no se les molestó más. Uno de ellos dijo que conocía al "mejor amigo" de la víctima y les dio un nombre y una dirección a los detectives. Cuando estos llegaron, en el lugar solo estaban dos sirvientas y un guardia de seguridad. Los dueños de la casa estaban de viaje, las dos muchachas estaban en la universidad y el muchacho había salido de viaje hacía dos días, esto era, el día después del crimen. Los detectives les enseñaron una fotografía a las sirvientas y estas reconocieron a la víctima. Dijeron que era muy amigo del "joven", que a veces se quedaba a dormir en la casa y que la última vez que los vieron juntos fue más o menos una semana antes de que lo mataran. No sabían por qué el "joven" salió de viaje. A lo mejor no sabía lo que "le habían hecho a su amigo". No el "joven" no se había ido en su carro. Estaba en el garaje.

Los detectives pidieron permiso para revisarlo. Las sirvientas no se opusieron y el guardia los llevó hasta el garaje.

Un agente creyó identificar el olor de la sangre en el timón, mezclado con el olor a carro nuevo y con el perfume que identificaron en una de las almohadas. Llamaron a Inspecciones Oculares. El fiscal ordenó que trasladaran el vehículo a la DGIC y que allanaran la casa, especialmente el cuarto del sospechoso. En la cesta de la ropa sucia hallaron una camiseta negra, con manchas de sangre, y en el clóset encontraron un par de zapatos deportivos. Las huellas del pasillo coincidían en un cien por ciento con las plantillas. Ahora solo faltaba localizarlo.

Dos meses después fue capturado en La Ceiba, delgado y demacrado, con la barba crecida y deprimido. Vivía en un hotel y ni sus propios padres sabían donde ubicarlo. Actualmente vive en la Penitenciaría Nacional. Se cree que sus familiares lograrán su libertad con una fianza extraordinaria, "para que muera dignamente en su casa".

LOS INSTRUCTORES.

En palabras de un asesor de la policía chilena "la DGIC podría dar una respuesta más rápida y eficaz a la población si tan solo le dieran un veinte por ciento más de apoyo y un cien por ciento de independencia".

Casos como el "asesinato de la rama de ficus", los "asesinatos de la bruja Cleo", el "asesinato de la bala perdida", "muerte en el paraíso" y el "asesinato de Sigfrida Chantall" son una muestra de la "enorme capacidad que tiene la institución para luchar contra el delito".

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Este relato narra hechos de la vida real. Se han cambiado los nombres para proteger a los inocentes.
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