Se apagó la luz de un ángel. La delincuencia le arrebató su vida. Axel Hernández, en un suspiro partió a los brazos del Creador.
Su voz nunca más alegrará el corazón de su padre, Jorge Hernández, cada vez que regrese de viaje.
Su madre Mirna Cárcamo tampoco escuchará a su pequeño cuando en horas del mediodía le hacía saber que regresaba de clases.
"Siempre me decía: ‘mami, ya llegué para ayudarte, ahora dedicate a tus quehaceres’", afirmó entre lágrimas la mujer que lo trajo al mundo hace diez años.
A su corta edad, Axel no solo se robó el corazón de sus familiares, pues desde pequeño se convirtió en ejemplo para quienes gozaron de su compañía.
En su centro escolar quedaron sus huellas como alumno ejemplar. Era el número uno de la clase, no solo por su desempeño estudiantil, sino que también por su don de servicio.
Y es que, de acuerdo a su maestra, bastaba que Axel conociera la necesidad de uno de sus compañeros para darle lo que tenía. La puntualidad, amabilidad y el respeto por los demás también formaban parte de las virtudes que siempre mostró el menor.
Estos valores serán plasmados en su salón de clases a partir de ahora a través de un mural que elaborarán los niños en su honor.
Sueños
El certero balazo que recibió Axel, al servir de escudo de un grupo de delincuentes, no solo le arrebató su vida, pues con ello le arrebataron los sueños de convertirse en ingeniero.
"Mi niño siempre soñó con graduarse, él anhelaba ser grande para asistir a la universidad", relató su madre.
En su dormitorio quedó la camiseta de la selección que era su regalo del día del niño, y que se pondría cuando regresara de la celebración de su escuela. La actividad fue propuesta por él, quería celebrar junto a sus 36 compañeros, para luego permanecer frente al televisor de su casa en espera del anhelado partido entre Honduras y Jamaica.
Por lo que su progenitora le tenía listo el traje de la Selección, pero la desgracia llegó antes de que cumplieran sus últimos deseos.
Últimos momentos
Unos minutos antes de morir, su madre lo despedía en las gradas que dan hacia la escuela Alejandro Alvarenga. Su maestra lo esperaba, pues el pequeño regresaba con el refresco para la celebración.
El sonido de varios disparos se logró escuchar y de inmediato Mirna gritó; en su corazón sentía el anuncio de la muerte de su pequeño, el menor de sus tres hijos. El niño que horas después fue colocado un ataúd.
La urna donde su madre jamás imaginó verle y donde un día después fue depositado en un camposanto, en presencia de una multitud sus vecinos, compañeros y amigos que le dieron el último adiós.