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Tocó mi corazón

Honduras, 29.05.12 - María Fernanda Oyuela: diarioSPAMFILTER@elheraldo.hn

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María Fernanda Oyuela

Intento escribir, lo que mi abuela hacía con tanta naturalidad, como un ejercicio diario durante muchísimos años de su vida. Es más complicado de lo que llegué a pensar. No creo poder igualar la calidad de sus escritos, pero espero poder honrarla intentando; y aquí va:

Irma Leticia de Oyuela, para mí siempre será mi inolvidable abuela Lety; la mujer que nos cautivó día tras día, sin nunca dejar de sorprendernos por su fuerza mental, física y espiritual. Mi abuela es la mujer más humana que he llegado a conocer en mi corta vida. Siempre me impactó su manera de ser y estar.

Mami Bertha, nuestra bisabuela, crió una mujer ejemplar, con un amor infinito a su Honduras, su familia y a Dios. Pocos saben que mi abuela dictaba sin nunca retractarse. Luego este escrito era impreso y corregido por mi abuelo Félix. Ya publicado en EL HERALDO, el sábado, luego de que terminábamos de almorzar, Moncha servía el café y mi tía Ángela leía el artículo. En realidad fueron pocas veces que escuché.

El almuerzo sabatino era una costumbre, entre otras, que mi abuela organizaba y dirigía, durante esos momentos, mientras comíamos uno de los platos que mi abuela había seleccionado, charlábamos, comentábamos, opinábamos y reíamos. El hecho simplemente de compartir juntos en esa casa era tan gratificante.

Esa casa, la casa de mi abuela, la casa del Finlay, la casa de la familia, como quisieses llamarla, donde las paredes, llenas de cuadros, fotos, diplomas, recuerdos y demás, en realidad donde los muros están llenos de historia: la historia de su vida, la historia que ella creó. Nunca podré olvidar sus conocidas tardes de té, en la que compartían una deliciosa taza de té o café, unos bocadillos y una amena conversación. Todos saben que a pesar de sus limitaciones físicas, nunca dejó de crear, innovar, investigar ni escribir.

Ciertamente, espero poder llegar a ser como ella o, al menos, algo parecida a como fue ella. Llegar a tener esa inteligencia, que no se aferró a sus fronteras corporales, y perduró en todos los momentos desde que la conocí. Su belleza, tanto interior como exterior, era excepcional. A mi parecer mi abuela era hermosa, con ese aire de elegancia y ese porte de intelectual. Su rostro, de los rostros que nunca se podrían olvidar.

Esos labios tan delicados, como si el propio Dios los hubiese dibujado (me encantan), su cabellera, sus ojos llenos de paz y tantas cosas más.

Recuerdo un día, ¡cómo olvidarlo, no me lo podría permitir! Al llegar a la "casa de mi abuela", subir los escalones de madera y a su alrededor numerosos cuadros de reconocidos artistas hondureños -como Roque Zelaya, Benigno Gómez, Allan McDonald, Armando Lara, Teresita Fortín, Julio Visquerra, Miguel Ángel Ruiz Matute, Gelasio Giménez, Mario Castillo, Saúl Toro, Antonio Dubón, y otros-, ver a mi abuela sentada en la silla de ruedas apoyando su cabeza en su mano derecha, como lo hacía de costumbre.

Eso era tan típico en ella. Llevaba puesta una bata blanca y observaba una pieza de ballet en la televisión; al reconocer que subíamos por los escalones dirigió su mirada hacia mi y sonrió.

Alegremente, con ligero grito, dije "¡Hola abuela!", besé su mejilla y me senté en la silla que estaba más cerca de ella. A los pocos minutos, Moncha nos informó que el almuerzo ya estaba listo. Bajamos y almorzamos. Luego nos dirigimos a la biblioteca. Mi abuela quedó junto al escritorio donde ella prefería estar para observar mejor a su alrededor y la ventana que estaba enfrente de la habitación. Me recosté en uno de los sillones, y di un suspiro de alivio; me miró y yo automáticamente me senté derecha en el sillón.

Sonrió y me dio indicación que al lado de la ventana, bajo el reloj de cuerda, estaba una foto de ella al momento que cumplió 15 años. Es espectacular, con su vestido rosado, sus cabellos lisos, extensos y negros, piel morena, y porte de mujer radiante.

Me miró a los ojos y dijo: "te pareces a mí. Así era yo a tu edad". Mi corazón palpitó desesperadamente y al mismo tiempo se detuvo a lo que respondí: "¿En serio?" Nunca podré olvidarlo, dejó una huella imposible de borrar en mi alma. Me enorgulleció de pies a cabeza, de vena a vena. La verdad nunca supe si se refería en su físico o en su manera de ser. Me queda el beneficio de la duda. Muchas cosas más hubiera querido compartir con ella.

Hay algo que olvido: detrás de la inolvidable mujer que fue mi abuela siempre estuvo a su lado su familia, esa familia que forjó con sus manos y floreció, dando frutos de amor. Ella tocó mi corazón y eso no se puede olvidar.

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