EL DETENIDO. El hombre estaba sentado al otro lado de la mesa, esposado de pies y manos y rodeada su cintura con una cadena de acero que le llegaba hasta los pies. Frente a él, el detective fumaba despacio, lanzando el humo hacia arriba, con una tranquilidad exasperante. Su voz era suave y pausada y el hombre hacía un esfuerzo extra para escucharle y responder acertadamente cada pregunta. Los policías eran mañosos y no debía caer en ninguna trampa o no podría defenderse bien. De pie, apoyado en la orilla de un escritorio, estaba el fiscal, un hombre desagradable que lo miraba como al más despreciable de los criminales y que lo acusaba directamente, amenazándolo con cuarenta años de cárcel por lo menos. Por esta parte, había comprendido que no tendría compasión, y él insistía en declararse inocente. El otro hombre, de corbata, camisa blanca y traje azul marino, se veía más humano, aunque hasta ese momento no había dicho ni una palabra. Era el director de Inspecciones Oculares y, al parecer, era el único que lo veía con benevolencia. Era el mes de octubre de 1995.
LA VÍCTIMA. La niña había cumplido seis años apenas dos semanas antes. Aunque no era de su agrado, la soportaba con la resignación del padre putativo que, si ama a la gallina, debe amar también a los pollitos. La relación con su madre duraba ya poco más de un año y, aunque no todo era color de rosa, se decía feliz. Cierto que era un poco agresivo, por cuestiones de carácter (en Olancho le enseñan a los niños a ser machos), y que de vez en cuando se molestaba con su esposa, le levantaba la voz y, en escasísimas ocasiones, le había gritado. ¿Golpearla? Sí, creía que en una ocasión, nada más, no lo recordaba bien. Ella lo había provocado, pero se había arrepentido y no lo había vuelto a hacer. El detective sonrió ante aquellas palabras, pero había algo desagradable en esa sonrisa y sintió miedo; era como si no le creyeran, y él deseaba que le creyeran. Era inocente.
¿Cómo trataba usted a la niña? ¡Bien! Tal vez no la quería como si fuera mi hija, pero la trataba bien. A veces la castigaba, porque era inquieta, pero no era nada grave. Soy un profesional universitario y no estoy de acuerdo con eso de que los padrastros repudien a los hijos ajenos. La nueva sonrisa del detective lo hizo temblar. Ahora estaba seguro de que dudaban de su sinceridad.
La niña no era muy alta, no se había desarrollado mucho, a pesar de sus cinco años. No hablaba, gritaba demasiado y lloraba con frecuencia. La madre debía atenderla casi todo el tiempo y, aun de noche, debía estar pendiente de ella porque se despertaba de repente y deambulaba por la casa, gritando y llorando, y golpeándose contra las paredes. Aquella mujer era una buena madre. Esa era su opinión.
Pero ahora la niña estaba en la morgue y el forense había dicho que su muerte fue causada por rompimiento de aneurisma, provocado por un fuerte golpe en la parte posterior de la cabeza. Por desgracia, la muerte no fue inmediata y quizá, si se le hubiera prestado atención médica urgente, la niña hubiera sobrevivido ya que el efecto del golpe tardó algún tiempo en producir la hemorragia. Pero ahora era demasiado tarde.
EL INTERROGATORIO. No sé por qué no te creo, le dijo el detective, con esa voz suave y desesperante. Sé que me está mintiendo y no me gusta perder el tiempo. Te debo advertir que el señor de blanco que ves enfrente es psicólogo, es experto en conducta criminal y está analizando cada una de tus palabras, cada uno de tus gestos, y él también cree que estás mintiendo.
El abogado defensor se puso de pie, protestó ante lo que él interpretó como intimidación, pero nadie le hizo caso. El detective continuó:
"Según tus propias declaraciones, llegaste a la finca de Santa Lucía a las cinco de la tarde, entraste por el camino de grava hasta la casa del padre de la víctima, te estacionaste y tocaste la puerta. Nadie te contestó, a pesar de que las luces estaban encendidas y el carro del hombre estaba en el estacionamiento.. ¿Cierto?" El hombre respondió con un nervioso sí. "Bien. Era sábado, la niña se quedaba con su padre el fin de semana, desde el viernes después del mediodía y la devolvía a su madre el domingo en la tarde o el lunes por la mañana. La cuidaba una enfermera especializada cuando estaba en la finca del padre, que vive solo desde que se divorció de la que ahora es tu esposa. ¿Cierto?" El hombre movió la cabeza hacia adelante. "Llegaste poco antes de que anocheciera, a dejarle leche, pañales desechables, ropa y juguetes a la niña. La madre se los enviaba. Como nadie te abrió, lo dejaste todo en la puerta, creyendo que habían salido y que al volver encontrarían las cosas allí, luego te fuiste". El hombre abrió la boca para decir algo, pero un gesto del detective lo detuvo. "Al entrar viste al guardia, lo saludaste y él anotó tu entrada en el libro de registro. Según él, tardaste unos diez minutos y, al salir, llevabas demasiada prisa, las ventanas del carro cerradas y hasta estuviste a punto de atropellarlo".
El hombre contestó, a una señal de su abogado defensor: "No recuerdo haberlo visto cuando salí y no sé donde estaba. La tranca estaba levantada". "¿Por qué llevabas tanta prisa?" "Es que me molestó hacer el viaje hasta allí y que nadie estuviera en la casa. Yo le dije a mi esposa que fuera ella, pero como iba a un baby shower tuve que hacerlo yo". "Y eso no era de tu agrado?" "En realidad, no". "Y tampoco te agradaba la niña. Era como un estorbo en tu relación, y te entiendo, porque a la mayoría de hombres como vos no les agrada la presencia de los hijos de otro, y mucho menos cuando son mongolitos, como era Sofía, ¿verdad?". El abogado se puso de pie, iba a protestar pero el terror que se pintó en el rostro de su defendido lo desarmó. "Aquí tengo las declaraciones de tu primera esposa -siguió diciendo el detective-, dice que te dejó porque le maltratabas al hijo que tuvo con otro hombre y que un día que el niño se orinó en tu lado de la cama, vos te enojaste tanto que te fuiste a la camita del niño y lo orinaste; después la golpeaste y la mandaste a dormir al suelo. ¿Es cierto esto?" El hombre no contestó. Levantó los ojos aterrorizados y miró al fiscal, que sonreía con la misma crueldad que había en su voz. "Y tu propia esposa cree que vos mataste a la niña, porque no la soportabas y porque era mongolita. Como ves, todo está claro. Ahora, te consejo que cooperes con nosotros y el fiscal le pedirá al juez una reducción en tu condena, creo que eso lo entendés bien".
El hombre guardó silencio, lloraba y estaba a punto de desmayarse. Su abogado no abría la boca. El detective concluyó: "Te digo lo que hiciste: llegaste a la casa, le dijiste al padre de la niña que la madre la necesitaba, que estaba deprimida y que quería estar con ella. A pesar de sus protestas, el padre te la entregó. Él asegura que no llevaste ni maletas, ni leche ni juguetes, nada.
Te entregó a la niña y saliste con ella de la finca. En algún momento la niña te sacó de quicio, la golpeaste y la niña murió. Ella no era normal, tenía un aneurisma en el cerebro y el golpe la mató, pero no de inmediato. Creíste que estaba muerta, la llevaste hasta la huerta, donde la dejaste, la cubriste con hojas de plátano y te fuiste, muy campante a traer a tu esposa al baby shower. Por desgracia para vos, el campesino la encontró demasiado pronto".
El hombre trató de ponerse de pie, pero no pudo. Dos agentes de Capturas lo sacaron de la sala de interrogatorios y lo llevaron casi de arrastras a su celda. En ese momento, un puño se estrelló con violencia en el rostro del detenido, un hombre saltó sobre él y lo tomó del cuello, gritando histérico un millón de insultos y obscenidades. Un negro de casi dos metros de estatura puso una de sus manazas en la nuca del atacante, lo levantó medio metro y lo lanzó contra una pared. El detective observaba la escena. El padre de la niña vociferaba, pataleaba, maldecía y amenazaba. El detenido no dijo una palabra.
EL ANÁLISIS. La voz de Gonzalo Sánchez sonó ronca y hueca: "Según el psicólogo, el acusado no miente, a pesar de que es un hombre violento, intolerante, compulsivo y con marcados rasgos sociópatas, y estoy de acuerdo con él. Creo que es inocente. El no mató a la niña". El detective carraspeó varias veces, incómodo. "A pesar de todo, el fiscal está de acuerdo con nosotros -siguió diciendo el director de Inspecciones Oculares-. Hemos analizado las fotografías del cadáver y consultamos con el forense si los aruñones que tiene la víctima en la mejilla derecha pudieron producirse con alguna espina o rama seca del sitio donde fue encontrada y dijo que no. Los técnicos visitaron el lugar una vez más y allí no hay espinas, ni ramas ni piedras afiladas, solo grama gruesa, como una alfombra. Creemos que los aruñones fueron producidos por una o dos uñas humanas.
Además, el golpe que le produjo la rotura de aneurisma fue dado con un objeto puntiagudo y sólido, y la golpearon desde atrás, con fuerza. ¿Cómo pudo el sospechoso golpearla adentro del carro y en el trayecto de la casa del padre de la víctima hasta el lugar donde dejó el cadáver, esto es, más o menos ochocientos metros por la carretera pavimentada? Según el forense, la niña tenía entre una y dos horas de muerta cuando fue encontrada, aunque podría equivocarse. Y si el sospechoso entró a la finca antes de las cinco, según el registro del guardia, y el cadáver fue encontrado poco antes de las seis… estamos en una encrucijada. Me atrevo a creer que la niña murió antes de que el sospechoso entrara a la finca". "Si es así, entonces, ¿qué sucedió?" Era la voz de serpiente del fiscal. "Gonzalo contestó: "Creo que el forense pasó por alto algún detalle y debemos volver a la morgue, antes de que entreguen el cuerpo a su madre".
LA INVESTIGACIÓN. La orden de cateo agitó el aire fresco de la mañana en manos del fiscal. Gonzalo Sánchez entró a la casa seguido de sus técnicos envueltos en trajes celestes, con gorros, guantes y mascarillas. El hombre estaba solo, olía a whisky y a tabaco y bostezaba de vez en cuando. Cooperó con la policía en todo momento. Cinco horas después, los técnicos estaban agotados y no tenían ninguna evidencia. Solamente habían encontrado dos condones usados, en un rincón del dormitorio principal, uno de ellos con un nudo, y con semen en su interior, y el otro vacío y roto, cerca de la puerta de entrada. Rubio los embaló para justificar el cateo. Había algunas cosas en el cuarto de la niña, pero lo normal y necesario para sus fines de semana con su padre. La maleta con los pañales, la leche, la ropa y los juguetes que trajera el sospechoso, no estaban por ningún lado. Uno de los técnicos volvió a la sala y empezó a revisar el piso de rodillas. Después de largos minutos, encontró un cabello pequeño cerca de la mesita de mármol de la sala, lo tomó con una pinza y lo embaló con cuidado. Hacia las dos de la tarde, los policías salieron de la casa, hambrientos, cansados y decepcionados.
EL CABELLO. Era una hebra de ocho centímetros, delgada, fina y lisa. No tardó en comprobar que pertenecía a la víctima. Bajo el microscopio se notaba que había sido cortado de la hebra principal y la bióloga creyó identificar partículas microscópicas de sangre en el sitio donde fue cortado; además, se atrevía a asegurar que la hebra presentaba aplastamiento en ese mismo lugar, producido, seguramente, por el objeto contundente con que la víctima había sido golpeada, un objeto puntiagudo y sólido que fue proyectado contra la cabeza con excesiva fuerza.
El segundo condón estaba desgarrado, no roto, como si lo hubieran quitado con violencia, y mucho tiempo antes de la eyaculación. En su interior se encontraron restos de fluidos blanquecinos, seguramente de la secreción previa a la eyaculación. Eso era todo. A las dos de la tarde siguiente, el forense agregó un dato más a su informe: en el sitio del golpe mortal encontró unas partículas pequeñísimas de un material duro y arenoso. La bióloga las identificó como restos de piedra, más específicamente de mármol. Los investigadores se miraron entre sí, con ojos de asombro.
LA HIPÓTESIS. Eran las cuatro de la tarde cuando las patrullas de la policía entraron a la finca haciendo sonar las sirenas, y se detuvieron con gran escándalo frente a la casa que habían cateado el día anterior. Más atrás, se detuvo el doble cabina del Ministerio Público y el fiscal avanzó sobre la grava del camino con la majestuosidad del pavo real. El padre de la víctima abrió la puerta, con un vaso de whisky en una mano y un cigarro a medio fumar en los labios. Después de escuchar al fiscal, vio a uno de los técnicos enmascarados detenerse en el centro de la sala, y arrodillarse ante la mesita de mármol, con una lupa enorme en la mano.
Gonzalo lo observaba detenidamente. El psicólogo lo vio palidecer, se dilataron sus pupilas y le temblaron los labios. Dos minutos después, el técnico levantó la cabeza, miró a su jefe y dijo sí, moviendo la cabeza hacia adelante. Cuatro agentes de la DGIC levantaron la mesa y la aseguraron a la paila de uno de los vehículos. El fiscal abrió la boca una vez más: "Creo que debe hablar con nosotros -dijo, dirigiéndose al hombre que temblaba de pie entre varios agentes de Capturas-, díganos qué fue lo que sucedió. Si fue un accidente, no hay qué temer. La Ley…" El hombre dio un grito: "¡Quiero hablar con mi abogado!". "Está en su derecho -le respondió el fiscal-. ¡Queda usted detenido, como sospechoso del asesinato de su propia hija! Espósenlo".
LA CONFESIÓN. El detective estaba en silencio frente a él. Gonzalo hablaba despacio: "Sospechamos de usted por su desesperada insistencia en que se condenara al padrastro de su hija. No nos pareció normal porque, aunque usted amaba a la niña, no nos pareció un padre muy responsable y querendón. El forense identificó dos aruñones en la mejilla derecha de la víctima y concluimos que fueron producidas por uñas humanas, gruesa y anchas, o sea, uñas de hombre. Creemos que usted estaba borracho, que hacía el amor con alguien, tal vez la enfermera que cuidaba a la niña los fines de semana, a quien no hemos localizado todavía, que creyeron que la niña dormía y que no se dieron cuenta de que ella los miraba retozar en la cama, desnudos. Usted se molestó demasiado, se arrancó el condón, persiguió a la niña, la cacheteó varias veces, la niña huyó hasta la sala, usted la alcanzó, volvió a golpearla y ella cayó de espaldas, golpeándose la cabeza en la esquina de la mesa de mármol. En el laboratorio identificamos restos de mármol en la cabeza de la víctima y en la mesita encontramos partículas de sangre, además, en el piso encontramos un cabello arrancado, cortado por el golpe, con sangre también, lo que nos hizo confirmar nuestras sospechas contra usted. Sabemos que usted no la quiso matar, que fue un accidente y que no supo que hacer cuando la vio en el suelo, creyendo que estaba muerta, ¿cierto?" El detenido respondió afirmativamente. "¿Sabía que la niña tenía un aneurisma, o sea, una vena a punto de reventarse en el cerebro, y que el golpe contra la mesita le produjo una hemorragia que le quitó la vida?" "No, no lo sabía"- dijo el hombre. "La niña no murió de inmediato -intervino el fiscal-, usted debió ayudarla, buscar ayuda médica, y no estaría hoy acusado de parricidio". El hombre abrió la boca. "Según la Ley, usted es culpable de parricidio, por la omisión del debido cuidado de la víctima; además, tiene el agravante de que abandonó el cuerpo, aprovechó el que el nuevo esposo de su ex mujer llegó a la casa al poco tiempo del accidente, conocía sus antecedentes y dejó que lo culparan a él… La DGIC comprobó que el carro de la enfermera salió de la finca a las cinco y trece minutos de la tarde, cosa extraña porque siempre salía hasta el domingo o los lunes por la mañana. ¿Fue ella quien se deshizo del cuerpo? Esta fiscalía pedirá al Tribunal una condena de treinta años para usted y acusará por complicidad a la enfermera, cuando la DGIC la localice. Es todo por mi parte".
El sospechoso fue condenado a diecinueve años y medio de prisión. En esta fecha, se beneficia de la libertad condicionada.
