"DÃganle a Dios que les dé permiso de volver conmigo. -No papá, nosotros aquà estamos bien, usted siga adelante hasta el final, que aquà lo esperaremos".
Pedro Antonio Fúnez no puede ocultar su tristeza y dolor al recordar ese sueño que tuvo recientemente con sus cuatro hijos y su esposa, a quienes perdió aquella noche trágica entre el 30 y 31 de octubre de 1998.
Al cumplirse una década del golpe devastador del huracán y tormenta Mitch -que dejó miles de vÃctimas-, él es un ejemplo de cómo los seres humanos son capaces de enfrentarse a la ferocidad de la vida. Aquella noche el destino le visitó y le quitó no solo la casa que habÃa construido en la colonia Nueva Esperanza, sino a toda la familia que habÃa edificado en sus últimos 15 años.
Un gigantesco derrumbe le arrebató a sus seres más queridos, sus hijos: Wilson Antonio de 15 años, Juana MarÃa de 12, Pedro Javier de 8, e Isaac Fernando de 5 años. Con ellos también a su esposa Teresa de Jesús Amador.
TRAGEDIA. "El 30 fui a trabajar, era dependiente en una farmacia, pero una voz me decÃa que volviera a la casa, asà que al mediodÃa pedà permiso argumentando que habÃa problemas en la colonia. Era cierto, el suelo de algunas viviendas de madera habÃa comenzado a partirse, pero nuestra casa estaba en un lugar seguro, al menos eso es lo que creÃa.
Cenamos todos juntos, sin saber que era mi última comida con ellos, la última vez que los contemplé . A eso de las nueve y media de la noche nos fuimos a dormir. Afuera una llovizna caÃa constantemente. A medianoche escuché la voz de Pedro Javier, que me dijo: ‘¡Papi, tengo miedo!’ Ven a acostarte con nosotros, le respondÃ.
A pesar de que mi hijo nos dio la voz de alarma, en cuestión de instantes nos volvimos a dormir. Como si la vida dependiera de un segundo, solo recuerdo que nos levantamos con la finada (su esposa), quien me dijo: ‘¡hay, amor!’ Eso fue todo, y la casa se quebró y se desprendió en segundos. Creo que eran como la 1:45 de la mañana. Todo quedó oscuro, todo era silencio y sobre mi espalda el enorme peso de las rocas y de la tierra que me iban sepultando.
Como pude logré salir y gritar a mis hijos. No hubo respuesta, solo el ruido de piedras que se desprendÃan continuamente. Abajo se oÃa el golpe de enormes rocas que al ser arrastradas por la crecida del rÃo Guacerique chocaban con la base del puente.
Busqué auxilio, toqué la puerta de la casa de mi amigo Óscar Galo, le pedà un vaso con agua, porque ya sentÃa la muerte. Me llevaron al hospital Escuela y tras recibir los primeros auxilios regresé al lugar del derrumbe en busca de mis hijos y mi esposa.
Nada podÃa hacer, me sentÃa impotente ante la vida. Mis hijos, asà como Dios me los dio un dÃa, asà me los volvió a quitar y luego me los entregó para darles cristiana sepultura. Me costó bastante lograr recuperar los cuerpos, pero gracias a las cuadrillas de rescatistas mexicanos y británicos, con ayuda de perros, dieron con los restos de mi familia.
Los momentos eran difÃciles, no tenÃa un cinco en la bolsa para poder sepultarlos. Comencé a pedir 10, 20 y 30 centavos. La alcaldÃa me dio los ataúdes, pero eran tan grandes para los pequeños cuerpos de mis hijos, asà que tuve que cortarlos yo mismo".
DÉCADA. Este próximo jueves se cumplen diez años de aquella tragedia generada por EL Mitch, que dejó como saldo un millón y medio de damnificados, 5,657 muertos, 8,058 desaparecidos, 12,272 heridos y 285 mil personas que perdieron su vivienda. Según datos oficiales, el 60 por ciento de la infraestructura vial fue dañada, 424 caminos, 107 carreteras, 89 puentes quedaron inutilizables, 81 ciudades resultaron incomunicadas. Además de esto, el 70 por ciento de los cultivos fueron destruidos.
A diez años de aquella catástrofe, Honduras sufre nuevamente el azote de las lluvias dejando una treitena de muertos, 14 desaparecidos hasta el viernes, cultivos dañados, infraestructura vial deteriorada, entre otros daños. Las pérdidas irreparables siempre son las vidas humanas. Este año, varias personas murieron por imprudencia al no seguir las recomendaciones de prevención, según las autoridades de la Comisión Permanente de Contingencias (Copeco). En mi caso, recordó Fúnez, no hubo prevención de nadie, el derrumbe nos agarró dormidos, no fue porque no querÃamos salirnos. A la gente que vive en zonas de alto riesgo les pido que desalojen al primer llamado, para que nos le vaya a pasar lo que me ocurrió aquella noche de octubre.
De mis hijos solo quedan estas fotografÃas que conservo como un gran tesoro, algunas de ellas presentan manchas porque fueron rescatadas del abismo, relató. Los seres queridos de Fúnez descansan en fosas separadas en el cementerio Divino ParaÃso, identificados nada más por rústicas cruces de madera, de aquella que sobró cuando cortó los ataúdes para acondicionarlos al tamaño del cuerpo de cada uno de sus pequeños. A sus 47 años de edad, los duros golpes de la vida pueden verse en el rostro de Fúnez, quien ahora vive en la colonia Cruz Roja, ubicada en la salida al sur, la cual fue construida especialmente para los damnificados. Logró rehacer su vida con Albertina Sánchez, otra afectada por el huracán Mitch. Actualmente se desempeña como despachador de los buses que cubren la ruta Altos de Santa Rosa, Cruz Roja-Centro, y cada dÃa lo comienza y lo termina con la certeza de que un dÃa se reencontrará con sus seres queridos, tal como lo soñó.
