El Ãdolo de los seguidores del fútbol hondureño, David Suazo, corrió gritando gol hacia una esquina de la cancha, mientras una masa de aficionados, tanto dentro del estadio como los que estaban frente a un televisor o siguiendo el partido por la radio, saltaban como si hubiesen tocado el cristal de la gloria.
TodavÃa no hay un estudio cientÃfico que muestre los impactos emocionales que genera el fútbol sobre las personas.
Pero basta con ver los rostros de los aficionados y de los jugadores para comprender sus efectos. La emotividad va de acuerdo con el triunfo o la pérdida de los equipos: Según el caso habrá sentimiento de nacionalidad, pasión, delirio, tristeza, desánimo, dolores de cabeza, insultos, borracheras, maldiciones e impotencia.
En Honduras, un paÃs con grandes problemas sociales, un triunfo de la selección desborda alegrÃa, una pérdida provoca desánimo, cólera y algunas veces hasta embrutecimiento.
El fútbol es un juego de conjunto disfrutado por las masas. "Su efecto, aunque es temporal, muchas veces es enorme", dijo el sicólogo Fabio MartÃn Andrade, del Centro de Crecimiento de Recursos Humanos (Crecerh).
De acuerdo con él, las reacciones emocionales y su intensidad dependen del grado de fanatismo y de la capacidad de las personas de entender que solo es un deporte.
En un paÃs rodeado de mucha incertidumbre, este juego se convierte en una vÃa de escape, en una esperanza de que un grupo de jugadores y un cuerpo técnico muestre algo positivo del paÃs, explicó.
Pero qué emociones sienten cada uno de los jugadores, principalmente cuando pierden un partido: culpabilidad, irresponsabilidad, incapacidad y esto sentimientos se intensifican cuando antes del partido abren la boca y ven de menos al contrincante.
