Un misterio entre muros

La solución de los crímenes se basa en la pericia de los detectives y en el buen manejo de la cadena de custodia de las evidencias. Por desgracia, para algunos agentes hacer su trabajo impecablemente no es tan importante como en otros tiempos.
ElHeraldo.hn

Honduras

22.11.2008 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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LA DGIC. En una encuesta reciente, auspiciada por el FBI y aplicada en varios países de América Latina, se le hizo a los consultados la siguiente pregunta: ¿Qué tanto confía usted en su policía de Investigación Criminal?, y las opciones fueron: mucho, poco y nada.

En lo que corresponde a la DGIC, el 9% respondió mucho, el 17% poco y el 48% nada. Según los analistas, este resultado es alarmante y tiene sus raíces en la desmembración de la DGIC del Ministerio Público, en el escaso presupuesto asignado, en la falta de logística y profesionalización de los agentes y en la corrupción que ha infectado a muchos de sus miembros por diferentes causas.

En otra pregunta de la encuesta, la gente contestó que, al inicio la DGIC fue mejor, confiable, responsable y comprometida en su lucha contra el crimen. A pesar que aún quedan muchos detectives de aquella escuela, los resultados de la institución dejan mucho qué desear.

Casos como el asesinato de Vicenzzina Trimarchi, Sigfrilda Shantal, Yadira Miguel Mejía y Susu Hasbun Nassar son algunos de los grandes éxitos que hicieron de la DGIC una reconocida policía científica, de la mano de Wilfredo Alvarado y Gonzalo Sánchez, sin embargo, casos como el de Felícito Pavón Pavón, asesinado una noche de mayo de 2002 en el taxi que le regaló su hija Bella, sigue en la impunidad, no en el misterio, por la inoperancia de un detective estafador que identificó los motivos y a los criminales y no hizo nada más que agarrar el dinero con que los dolientes "le ayudaban a investigar el caso porque ellos no tenían ni carro, ni viáticos ni nada, y él trabajaba con las uñas". Y como este, muchos, muchísimos más que han desprestigiado a la institución ante una sociedad para la que representó en sus inicios una gran esperanza. Pero, por supuesto, no todo es malo en la DGIC y, a pesar que cada agente tiene a su cargo la investigación de al menos quinientos casos, sigue anotándose éxitos contra el crimen y contra la escasez que los agobia. "Un misterio entre los muros" es una prueba de esto y del deseo de los buenos porque los malos no sigan dañando a la sociedad.

UN CASO. Era una mañana fría de diciembre, los detectives avanzaban entre las tumbas, echando vapor por la boca, siguiendo al indigente que, medio desnudo, les señalaba el camino. Debajo de un castaño antiguo, rodeado por paredes de cartón y tela y a la orilla de un muro de piedra derruido, un grupo de indigentes, de cuclillas, veían la escena, con los ojos rojos, los rostros demacrados y sucios, temblando de frío y de angustia. A dos metros de ellos, entre la maleza, estaba el cadáver, boca arriba, con los ojos abiertos y sobre un charco de su propia sangre.

Le habían golpeado el rostro y lo habían acuchillado hasta matarlo. En la tierra se veían huellas de sangre, como si la víctima se hubiera arrastrado tratando de escapar de su agresor y en dos puntos había lagunas de sangre coagulada. Los detectives contaron treinta y seis heridas de cuchillo, ninguna de ellas mortales, y el Forense dictaminó muerte por desangramiento. Pero lo que más llamaba la atención era que el cadáver estaba semidesnudo, con el pantalón enrollado debajo de las rodillas, con golpes y heridas de cuchillo en los muslos y con los genitales deshechos a golpes. Los detectives se instalaron en la escena del crimen.

LA VíCTIMA. Era un hombre de cincuenta y seis años, no muy alto, delgado, con barba larga y tupida, llena de canas y sucia, sus compañeros lo llamaban Tito y decían que venía del sur, que lo conocían desde hacía cinco años y que se dedicaba a jalar bultos en los mercados; a pesar que era un hombre tranquilo, tenía algunas enemistades que nadie se atrevió a identificar, no le conocían familia y en raras ocasiones él hablaba de sus hijos, de los cuales, dos vivían en una cuartería abandonada de la colonia Soto, aunque casi nunca los veía. Nadie dijo nada más y los detectives no les pudieron sacar palabra. La sed de alcohol los ahogaba y tampoco supieron decir quién o quiénes tenían interés en hacerle daño a Tito.

SIN IMPORTANCIA. Cuando en un país la justicia es una serpiente que solo muerde a los descalzos, las instituciones se corrompen y, como dijo Lina Zerón, la justicia no alcanza para todos. En este caso, los detectives descuidaron la escena del crimen, no tuvieron cuidado en la recolección de evidencias y manejaron muy mal la cadena de custodia de las evidencias.

Se trataba de la muerte de un indigente, alcohólico, sin nombre y, a lo mejor, sin dignidad humana, según el sentir de algunos. Y así, el caso se archivó entre los centenares de casos que llevaba el detective al que se le asignó y empezó a dormir el sueño de los justos. Pero seis meses después, Gonzalo Sánchez lo resucitó en una conferencia sobre crímenes pasionales y venganzas con motivaciones sexuales.

GONZALO. Alguien recordó el caso y lo desempolvó. Cuando expusieron las fotografías ampliadas empezó la verdadera investigación.

Se trataba de un hombre solitario, alcohólico, miembro de un grupo de indigentes que sobrevivía entre los muros del cementerio y que había encontrado una muerte terrible. Empezaron por analizar las condiciones en que se encontró el cadáver. Estaba boca arriba, con heridas de cuchillo en el pecho y el abdomen, en la espalda y en la cara anterior de los muslos.

Ninguna de las heridas era mortal. Los golpes en el rostro eran largos y anchos y el analista diseñó una teoría: no habían sido dados con el puño o algún objeto contundente, los dieron con la mano abierta, una y otra vez, como si alguien lo hubiera castigado por algo muy malo que había hecho; parecía absurda, a primera vista, sin embargo, se tomó como una hipótesis válida. Ahora debían identificar las causas. Las heridas fueron hechas para causar dolor y no para provocar la muerte de forma inmediata. Esto coincidía con el deseo de venganza que se manifestaba en este tipo de crímenes y se relacionaba con la forma de los golpes en la cara. El analista agregó este detalle a su teoría.

Ahora debían analizar los daños en los genitales. No tenían heridas de cuchillo; al parecer fueron hechas con una piedra, por las lesiones que se veían claramente en las fotografías, además, el pantalón estaba desgarrado, como si lo hubieran arrancado de la cintura lo hubieran bajado con violencia. Pero esto había sucedido después que la víctima muriera, lo que agregaba un elemento más a la hipótesis: se trataba de una venganza sexual. Una vez muerta, la víctima fue mutilada con odio y para consumar una venganza que se incubó en la mente del criminal desde hacía mucho tiempo atrás. Pero, ¿cuánto y quién podía ser el criminal? Era hora de averiguar algunos datos acerca de la víctima.

EL PASADO. Lo que se sabía de él era poco, casi nada, realmente. Con su nombre en el expediente, se supo que era del sur, de una aldea de El Triunfo, Choluteca, y que emigró a Tegucigalpa a los cincuenta años, no se sabía por qué; los detectives habían prestado poca atención a estos detalles. Sin embargo, era hora de saberlo.

Cuando los detectives llegaron a la aldea, supieron que Tito no había sido nunca un buen vecino; hijo de madre sola, se crió en el campo trabajando la tierra hasta que consiguió su propia parcela. Casado con María a los veintiséis años, formó una familia numerosa que creció entre sus constantes borracheras y los abusos diarios. Cuando en una partida de naipes perdió la parcela, su familia se desbarató y se quedó solo. Su esposa murió de tristeza dos años antes y los hijos lo abandonaron. Emigró de la aldea, sin nada en la bolsa y alcoholizado, primero a Choluteca y luego a Tegucigalpa, adonde llegó en peores condiciones. En los mercados de Comayagüela se le perdió el rastro, hasta que lo encontraron muerto en el cementerio general.

Acerca de los hijos que él mencionó que vivían en una cuartería abandonada de la colonia Soto, no se sabía nada. Alguien dijo que eran dos varones y esto coincidió con lo que averiguaron los detectives en la aldea: dos de sus hijos se habían venido a Tegucigalpa, casi huyendo de la mala vida que sus padres les daban. Cuando los detectives trataron de localizarlos, nadie dio razón de ellos. Pero había alguien que conocía al mayor y prometió llamar a los detectives cuando lo viera. Esperaron dos meses.

El indigente, joven aún, pero que aparentaba cien años de edad, le dijo a los detectives que el muchacho se llevaba cargando bultos en la calle del supermercado Mirna y que lo podían encontrar al mediodía cerca de la confitería Venus. Ese mismo día lo localizaron.

EL HIJO. Era un hombre de baja estatura, de unos veintiséis años, piel clara, curtida por el sol y que presentaba rasgos de demencia bastante notables. Habló poco y no quiso referirse a la muerte de su padre. Todo el tiempo estuvo con la cabeza agachada y respondía a las preguntas con monosílabos, apretándose los dedos de las manos y limpiándose de vez en cuando la baba que salía incontrolable de las comisuras de sus labios.

Dijo que no sabía quién pudo haber matado a Tito y que no le importaba. Así como era, seguro que algo había pagado. Los detectives se alejaron decepcionados y entregaron un informe a Gonzalo Sánchez. Las fotografías impresionaron al Director de Inspecciones Oculares y sonrió al final de treinta minutos de leer y releer el informe.

EL SEGUIMIENTO. La vida de los mercados es difícil, la delincuencia opera casi impunemente y la policía tiene muchas limitaciones para actuar allí. Por eso, los dos detectives que recomendó Gonzalo para que vigilaran por una semana cuando menos al hijo de Tito, lo hicieron refunfuñando. Para su mal, eran los mismos que habían dirigido el reconocimiento del cadáver y habían descuidado la escena del crimen y la recolección de evidencias. Por esto fue que no se supo si en la escena había algún cuchillo ensangrentado, una piedra pesada y afilada por uno de sus lados y cualquier otro detalle que facilitara a los analistas crear un perfil psicológico del criminal y facilitar la solución del caso. Tres días después, llegaron a la DGIC con las manos vacías. El muchacho seguía el mismo patrón: cargaba bultos por unos cuantos lempiras, comía en el mismo lugar y dormía en unos cartones, cerca de varias cantinas en El Chiverito. Gonzalo sonrió decepcionado. Estaba claro que se había equivocado al hacer vigilar al hijo de la víctima.

LA TEORÍA. Las causas de la muerte de Tito estaban en su pasado, y su asesino vino también de allí. Se sabía que era un hombre irascible, abusador y violento, alcohólico e irresponsable. Algo de su pasado persiguió hasta el cementerio general lo ajustició. ¿Qué podría ser? Estaba claro que fue un asesinato por venganza, pero que antes de la muerte, el asesino descargó su ira en él golpeándolo en el rostro muchas veces, con la palma de la mano, no con el puño. Eso correspondía a un ritual antes de la muerte. Las heridas de cuchillo no eran mortales, pero una vez muerto, el criminal le desgarró el pantalón le mutiló los genitales. Esto era una muestra clara de que el odio tenía que ver con esta parte específica de su cuerpo y se relacionaba directamente con los golpes repetidos en el rostro. Aunque se trataba de un asesinato ritual y por venganza, y con un alto contenido sexual, no era un crimen entre homosexuales. En realidad, el criminal estaba vengando un abuso continuado, un abuso sexual.

EL SOSPECHOSO. El muchacho se retorcía los dedos, se limpiaba la baba y miraba con ojos extraviados en todas direcciones. Vestía dos harapos sucios y mal olientes y de vez en cuando mostraba dos filas de dientes amarillos y negros en sonrisas francamente idiotas. Gonzalo le preguntó por enésima vez: ¿Por qué lo mataste? ¿Me vas a decir por qué mataste a tu propio padre? Él siguió en silencio. Gonzalo continuó: Te vamos a ayudar un poco, le dijo.

Sabemos que él te obligaba a hacer cosas sucias cuando eras pequeño… El muchacho dio un salto, miró al hombre que le sonreía con los ojos y empezó a llorar como un niño. Movió la cabeza hacia delante y Gonzalo sonrió satisfecho. El te golpeaba en la cara cada vez que quería que vos le hicieras esas cosas sucias, ¿verdad?; por eso vos lo golpeaste bastantes veces, como él te hacía a vos.

Vos te viniste a Tegucigalpa con tu otro hermano, en los mercados se encontraron con él, viste que el vicio lo había debilitado, tenías cólera contra él, lo seguiste y quisiste castigarlo…, y lo hiciste. Yo te entiendo. ¿Vas a colaborar con nosotros?

Él movió la cabeza hacia adelante, la baba le caía sobre la camisa sucia y no dejaba de estrujarse los dedos. Ahora lloraba, en silencio, y respiraba con dificultad, mirando en todas direcciones con miedo. El caso del misterio entre los muros estaba resuelto. El asesino tenía un cociente intelectual muy por debajo del normal y no podía distinguir entre lo lícito y lo ilícito, por lo tanto, era inimputable de delito…

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Todo criminal deja su huella en la escena del crimen y con las nuevas técnicas de la Investigación Criminal no hay crimen perfecto, sin embargo, los detectives deben saber que del buen desempeño en su trabajo depende la lucha contra la impunidad.
Todo criminal deja su huella en la escena del crimen y con las nuevas técnicas de la Investigación Criminal no hay crimen perfecto, sin embargo, los detectives deben saber que del buen desempeño en su trabajo depende la lucha contra la impunidad.

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