Anorexia y bulimia son dos de los trastornos alimentarios más conocidos y más propios de nuestros días, productos de una deformación de la imagen corporal y de una insatisfacción psíquica en medio de la sociedad de abundancia. Sin embargo, existen otros menos difundidos que cada vez provocan más casos clínicos igual de preocupantes.
De acuerdo con un informe de la fundación española, La Caixa, sobre “Alimentación, consumo y salud”, además de la anorexia y la bulimia, están creciendo de forma alarmante otras patologías asociadas a la nutrición como la obesidad infantil y juvenil, la ortorexia (la peligrosa obsesión por comer sano), o la vigorexia (exceso de ejercicio físico para quemar las grasas acumuladas), las cuales pueden provocar que “por primera vez en la historia de la humanidad, los hijos tengan menor esperanza de vida que sus padres como consecuencia de la aparición de enfermedades degenerativas derivadas del sobrepeso y de hábitos alimenticios inadecuados”.
Según el doctor Javier Aranceta, uno de los participantes en la elaboración del estudio, la obesidad induce a enfermedades crónicas que acortan la vida (diabetes, hipertensión) y en el caso de jóvenes entre 12 a 18 años que la padecen pueden desarrollar 30 años antes de lo previsto factores de riesgo “que orientan que va a tener una mortalidad prematura o una esperanza de vida más corta”.
“No sabemos lo que comemos”
El ritmo de vida determina el tipo de alimentación y el consumidor nunca había tenido tanta información sobre nutrición y también tanto desconcierto. Algunos expertos, como Cecilia Díaz, profesora de sociología de la Universidad de Oviedo (norte de España), opinan que “no sabemos lo que comemos” y “ahora aprendemos lo que es bueno o malo para comer a través de los medios de comunicación, las revistas Internet, y no a través de las madres, como ocurría antes”.
A las consultas médicas llegan también, de forma creciente, pacientes con trastornos de la conducta alimentaria no especificados como, por ejemplo, el “trastorno por atracón”, y en su mayoría muy relacionados con la obesidad. Este trastorno consiste en episodios repetidos de comida compulsiva en poco tiempo y, a diferencia de la bulimia, no tiene la compensación posterior que se da en pacientes con obesidad que suelen padecer, además, trastornos afectivos.
Autistas alimentarios
Psicólogos y nutricionistas han levantado su voz para alertar del incremento de casos de ortorexia, que afecta ya a un 2 por ciento de la población en países como EE UU.
Esta enfermedad fue descrita por primera vez en 1997 por el médico norteamericano Steven Bratman, quien durante varios años practicó y abanderó la teoría de que una dieta estricta y saludable era la clave para alcanzar un buen estado de salud. Luego de superar su obsesión por la comida sana tras un episodio carencial para su organismo, el galeno escribió un libro para ayudar a otras personas a combatir este trastorno.
Hay distintas variedades de ortoréxicos. Los frutívoros solo comen fruta y verdura; los crudívoros únicamente toman alimentos crudos, y los ecologistas no ingieren nada que no provenga del cultivo ecológico para evitar aditivos o herbicidas.
El Dr. Aranceta, que es profesor de medicina preventiva y salud pública de la Universidad de Navarra, asegura que en España no hay estudios sobre el número de personas “esclavizadas” por esta patología, si bien se percibe una “moda emergente” de “autistas alimentarios, abocados a la infelicidad”.
Los expertos apelan a otros factores que han desencadenado esta tendencia, tales como el culto al cuerpo y la invasión publicitaria de productos supuestamente sanos o enriquecidos.
Aranceta estima que el ortoréxico se atiborra de un número determinado de productos funcionales con el objetivo de estar sano mientras que deja de consumir “el 80 por ciento de otros que son más saludables y básicos para el organismo”.
Los afectados, en muchos casos hipocondríacos y excesivamente rígidos en sus comportamientos, terminan por sufrir excesos de determinadas sustancias mientras carecen de otras fundamentales.
En Estados Unidos, cuyas tendencias se exportan al resto del mundo, han cobrado fuerza las campañas sobre el daño de los alimentos genéticamente modificados y sobre la amenaza de enfermedades como la de las “vacas locas”, hasta el punto de que es el país que posee un mayor número de supermercados ecológicos.
El Dr. Aranceta destaca, sin embargo, que “además de la pérdida de tiempo que conlleva medir al milímetro lo que se come”, tampoco es fácil encontrar productos ecológicos y estos conllevan un elevado coste para la cartera: hasta quince veces superior al gasto de una persona normal.
