Miedo, sorpresa, aversión, ira, tristeza, alegría... Los diccionarios y manuales las definen como “alteraciones del ánimo intensas y pasajeras, agradables o penosas, que va acompañadas de cierta conmoción en el cuerpo”, y como “reacciones subjetivas al ambiente que vienen acompañadas de cambios orgánicos”.
Son las emociones, esos estados afectivos pasajeros, que además de provocar expresiones faciales, acciones y gestos, y mayor o menor distancia entre las personas, producen en quienes las experimentan efectos fisiológicos e involuntarios, como temblores, sonrojos, sudoración, respiración agitada, dilatación de las pupilas y aumento del ritmo cardíaco. Para los expertos son mucho más que eso: pueden convertirse enarmas para acercarnos a la felicidad y alejarnos del malestar, si sabemos “educarlas”.
Según el psicólogo Pablo Berrocal, la inteligencia emocional es “la capacidad que tenemos para percibir nuestras emociones y las de los demás, comprenderlas, expresarlas y canalizarlas en nuestro beneficio”. Cuando se consigue dominar las emociones propias y ajenas, mejora la salud mental y física, y también se optimiza la productividad de las empresas, ya que “un trabajador contento quiere ir a trabajar y producir lo más posible”, dice el experto.
Para lograrlo, lo primero es evaluar el nivel de IE de la persona: ¿expresa bien sus emociones o las inhibe?, ¿sabe aprovecharlas para potenciar sus aspectos positivos, como la creatividad o la capacidad de decisión?, ¿comprende emociones complejas, como los celos o la vergüenza?, aconseja Berrocal. El siguiente paso consiste en aprender “a vivir las emociones” incluidas las relacionadas con un alto estrés emocional, como las que pueden surgir en un servicio de urgencias, y demostrar “las habilidades con las que se consigue canalizarlas en positivo”.
