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El drag贸n en la historia

Honduras, 29.05.12 - Mario Vargas Llosa: diarioSPAMFILTER@elheraldo.hn

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Mario Vargas Llosa

驴Qu茅 es un drag贸n? Un animal m铆tico, enorme y pestilente, de una o varias cabezas, cuerpo de saurio o de serpiente, alas cartilaginosas parecidas a las de los murci茅lagos y patas de cocodrilo, que arroja fuego por las fauces y atraviesa las culturas y las 茅pocas como encarnaci贸n de los miedos, pesadillas, malos instintos y fascinaciones malignas de toda 铆ndole 鈥搑eligiosas, sexuales, fant谩sticas- que han asediado a los seres humanos desde la noche de los tiempos.

Con variantes, injertos y metamorfosis m煤ltiples aparece en todas las civilizaciones y 茅pocas hist贸ricas y es un personaje inevitable en el folclore, las leyendas, los mitos y la literatura infantil y fabulosa.

El drag贸n es una de las encarnaciones m谩s espectaculares del mal, aquella vocaci贸n que inspiran el diablo o la naturaleza retorcida de los humanos de hacer da帽o al pr贸jimo, envilecer y corromper lo existente, afear las conductas y los pensamientos y rendirse de manera abyecta ante la amenaza destructora del poderoso.

Al drag贸n lo inventamos por lo mal que pensamos de nosotros mismos y por eso, ahora en el cine de ciencia ficci贸n como antes en la literatura y la pintura, luce siempre lozano y se renueva sin tregua, invulnerable a los siglos que lleva encima.

Si se lo aboliera de un plumazo, la cultura de Occidente y principalmente sus ficciones literarias, grabados y pinturas sufrir铆an una merma tr谩gica. Para saberlo, basta con echar un vistazo a la exquisita selecci贸n de dragones que aparecen en Dragones de la pol铆tica, libro en el que Pedro Gonz谩lez-Trevijano, mediante una aleaci贸n de disciplinas que le son caras, la historia y las bellas artes, hace desfilar a una larga colecci贸n de los que llama dragohumanos, es decir, figuras de conquistadores, guerreros, aventureros, genocidas, superhombres a los que el servilismo y el fanatismo de las masas elevaron en vida a la condici贸n de dioses y cuyas credenciales son, a menudo, de un lado, haza帽as y realizaciones grandiosas y, del otro, sangr铆as y atrocidades indecibles.

La lista es abundante y va desde el hom茅rico Aquiles, de existencia meramente literaria, a personalidades tan terrestres como las de Iosif Stalin, Mao Tse-Tung y Fidel Castro, pasando por una variopinta serie de h茅roes ep贸nimos de todo color, religi贸n y cultura, como Alejandro Magno, An铆bal, Julio C茅sar, Atila, Don Pelayo, el Cid, Ricardo Coraz贸n de Le贸n, Gengis Kan, Juana de Arco, el Papa Julio II, Hern谩n Cort茅s, Napole贸n, Sim贸n Bol铆var, Hitler y muchos otros. Defendiera causas generosas, como la libertad y la justicia, o abominables, como el racismo, el lucro y la intolerancia religiosa o ideol贸gica, esta familia tan diversa tiene, sin embargo, un denominador com煤n: todos ellos deben su fama a las matanzas que perpetraron y padecieron, a las violencias indescriptibles que fueron dejando alrededor a su paso por la historia y el miedo y la veneraci贸n que inspiraron y que se proyect贸 en las obras literarias y art铆sticas con que fueron endiosados, ridiculizados o execrados.

Llamarlos dragohumanos nos permite entender mejor lo que les ha dado a todos ellos ese protagonismo de que gozan, al extremo de ser a menudo la encarnaci贸n de una 茅poca o de un pa铆s o de una situaci贸n hist贸rica; y tambi茅n, descubrir c贸mo en las exageraciones monstruosas de que est谩 constituida la figura del drag贸n, por debajo de sus descomunales jetas, hediondas cavidades bucales, pezu帽as mort铆feras y los anillos y protuberancias de sus colas, estamos agazapados nosotros, los seres humanos comunes y corrientes, al igual de aquellos diestros danzarines que, zambullidos dentro de los carnavalescos dragones chinos, los hacen bailar y cimbrearse por las calles al ritmo de los c铆mbalos, los tambores y las panderetas para felicidad de los chiquillos.

Es rasgo indeleble de la idiosincrasia del drag贸n ser, a la vez, majestuoso, imponente y rid铆culo, un ser que, al mismo tiempo que aterroriza y repugna, inspira burla y compasi贸n. En los perfiles que Gonz谩lez-Trevijano ha bosquejado de cada uno de los dragohumanos de su libro, estos rasgos contradictorios aparecen como una constante y sirven, mejor que cualquier interpretaci贸n sociol贸gica, para medir el escaso o nulo esp铆ritu cr铆tico de esos pueblos que, por cobard铆a, esp铆ritu servil y fanatismo deificaron de tal modo a sus h茅roes ep贸nimos que los tornaron monstruos, seres semidivinos, s谩trapas que, como carec铆an de frenos y ten铆an de antemano garantizada la impunidad para cualquier exceso, cometieron los desafueros y latrocinios m谩s espeluznantes sin perder por ello esa suerte de hechizo m谩gico que ejerc铆an sobre sus pueblos.

Para entender esto cabalmente hay que detenerse largamente en los grabados, cuadros y dibujos que acompa帽an a esos textos biogr谩ficos. Han sido elegidos con mucho gusto y el lector-espectador se deleita descubriendo la riqu铆sima variedad de formas y apariencias con que los artistas de todas las 茅pocas han procreado al drag贸n, y averiguando c贸mo este divo de la zoolog铆a fant谩stica ha atizado la fantas铆a de pintores, escultores y grabadores hasta dar luz a un verdadero mundo de dragones acaso tan diverso y promiscuo como el conglomerado humano.

Pero, todav铆a m谩s interesante, es advertir que los dragones del arte de una manera misteriosa resultan a menudo representaciones simb贸licas de las peculiares psicolog铆as e idiosincrasias de los dragohumanos, en las que aparecen destacados su histrionismo, su delirio mesi谩nico, su crueldad, su hero铆smo, su sensualidad y sus man铆as y vicios.

Los surrealistas practicaban una serie de juegos que, como 鈥渆l cad谩ver exquisito鈥 鈥搒uperposici贸n de frases en la que quienes jugaban ignoraban la frase inventada por los jugadores que los preced铆an en el juego- a la vez que les hac铆an pasar un buen rato les deparaban a veces sorprendes revelaciones sobre su mundo subconsciente.

Algo de eso pasa en el curioso y sorprendente ensayo que es Dragones de la pol铆tica. Las figuras que acompa帽an los textos son a menudo tan informativas como los textos mismos sobre las entra帽as psicol贸gicas y el espectro mental de estos gigantes que crearon y destruyeron imperios, salvaran a sus pa铆ses de la esclavitud y esclavizaron a otros y, a veces, guiados por el empe帽o mani谩tico de realizar en vivo y dar carnalidad a una abstracta teor铆a, hicieron perecer a millones de seres humanos en hornos crematorios y campos de exterminio.

La Iglesia Cat贸lica decret贸 hace ya algunos a帽os que el drag贸n m谩s famoso de la Edad Media, aquel al que San Jorge dio muerte en Libia, luego de haber convertido a todo un pueblo aterroriz谩ndolo con la amenaza de echarle encima a la bestia diab贸lica a la que ten铆a sometida, nunca existi贸 y que, al igual que el propio San Jorge, no era m谩s que una fantas铆a literaria semejante a las de los dragones que pululan por las novelas de caballer铆as, y, aquel santo, s贸lo un prototipo legendario, igual que el Amad铆s, Esplandi谩n o Trist谩n de Leon铆s. Sin embargo, la desaparici贸n teol贸gica de San Jorge y su drag贸n no tiene efecto alguno en el plano fabuloso y en el inconsciente colectivo donde ambos se fraguaron. Eso resulta evidente gracias a la lectura, cargada de amena erudici贸n, de s贸lida cultura hist贸rica y art铆stica, de Dragones de la pol铆tica.

Una de las inesperadas conclusiones de este ensayo es que ning煤n otro quehacer humano resulta tan propicio para servir de caldo de cultivo al nacimiento y proliferaci贸n de dragones como la pol铆tica, ya que hacia 茅l se vuelcan m谩s que a ning煤n otro, esos apetitos destructores que son la codicia de poder, el placer de mandar, de conquistar, de sojuzgar, de dominar al pr贸jimo y de embriagarse en la ilusi贸n de alcanzar un estatuto divino.

Los dragones son, como los perritos falderos que aparecen en esos lienzos de interiores de los grandes acuarelistas y pintores dieciochescos, entes creados a nuestra imagen y semejanza, expresiones de una necesidad que persigue al ser humano desde los albores de la civilizaci贸n y que sin duda lo acompa帽ar谩 hasta el final, la de predicar el bien pero sentirse irresistiblemente atra铆do por el mal, la de vivir en la permanente contradicci贸n de abjurar del mal pero, vali茅ndose de la excusa del arte, llevarlo consigo a todas partes, y convivir con 茅l y abrigarlo sin dejar de exorcizarlo.

Eso ha producido, en el mundo de la ficci贸n, ese engendro cuya fealdad es tan extrema que linda ya con cierta forma de belleza, y cuya crueldad no est谩 exenta de un sustrato grotesco, pat茅tico y risible que la aten煤a y, dir铆amos, hasta la humaniza. Porque no s贸lo la pol铆tica est谩 poblada de esos personajes. Tambi茅n la vida corriente, aunque en 茅sta los dragones no sean tan flagrantes y anden mejor disimulados.

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