No hay nada que pueda generar más malestar en un abogado que la injusticia.
La impotencia de ver nuestro país juzgado por una organización de países que más parecía un tribunal de la inquisición, nos ha hecho sentir lo terrible que puede ser carecer del derecho a la defensa, al debido proceso y solo encontramos tranquilidad al entender que este es el precio que hemos tenido que pagar para no ver sangre de hondureños corriendo por nuestras calles una vez más.
Lo irónico de todo esto es que la OEA actuó como actuó, precisamente porque no hubo sangre. Es increíble pensar que, si las cosas hubieran sido distintas, si lo que hubiese sucedido fuera que el pueblo hondureño se hubiese alzado en armas en contra del gobierno de Zelaya por irrespeto a las instituciones (no acatamiento de un fallo judicial) y el ejército hubiese tomado partido al lado del ex Presidente y se hubiese dado un baño de sangre en Honduras, probablemente la OEA habría hablado el día de ayer de cómo el heroico pueblo hondureño se encuentra librando una lucha en contra de un gobierno despótico que con ayuda de los militares les reprime.
La transformación del ejército hondureño en los últimos diez años le ha convertido en la institución con mayor credibilidad en Honduras, después de la iglesia católica.
Y este ejército profesional, patriota y apegado a la ley, se negó a cumplir una orden ilegal. Analicemos los hechos ocurridos y veamos si pudieron haberse manejado en forma distinta o si la opción que se tomó al final fue la única viable, si lo que se quería era que no hubiera sangre.
Primero, ¿la decisión del ejército de no acatar una orden ilegal, como consecuencia de una sentencia judicial que claramente le prohibía hacerlo, fue la correcta? Esto es indiscutible. Pero, ¿qué hacer cuando el Presidente de la República se niega a reconocer la autoridad judicial y ordena hacer lo contrario?
Esto en principio resulta inconcebible y probablemente por eso se ha sorprendido a buena parte de los miembros de la OEA, pues es muy difícil pensar que un Presidente pueda tener la frialdad y el descaro de mentir ante una organización como esta, pero, créanlo o no, esto fue lo que pasó y ese fue el Presidente que elegimos hace cuatro años.
Luego, al desobedecer una orden judicial, en todos los países del mundo en donde impera un régimen de derecho, se incurre en un delito.
Entonces, llegamos a la parte del proceso en la cual, después de haber agotado todo tipo de negociaciones, de haber visto la forma errática e irracional con la que actuaba el ex Presidente, se llega al momento de que, en cumplimiento a una orden judicial originada en un proceso judicial legalmente establecido, se ordena la detención del imputado.
¿Cómo se detiene a un Presidente que cuenta con una guardia de seguridad entrenada, numerosa, con armas de grueso calibre y que ha demostrado no tener respeto por la autoridad, al grado que, en compañía de esa misma guardia se internó en una base militar en la cual, nuevamente el ejército, demostrando su sentido común y por encima de todo un gran amor hacia sus compatriotas, permitió que el ex Presidente ingresara por la fuerza, aun y cuando tenían órdenes del Tribunal Supremo Electoral de custodiar el material probatorio confiscado por la comisión de un delito.
¿Qué otra oportunidad más ideal para haberle disparado, capturado o detenido? Pero esto se evitó pues no se esperaba que su audacia llegara a tal extremo. ¿Y si lo que se quería era reprimir, como lo menciono él mismo en su intervención, qué otra situación la justificaría más que esta?
No había ni otro cuerpo armado ni otra forma de hacer esta captura si lo que se quería era evitar un baño de sangre.
Por supuesto, se pudo haber hecho en la Casa Presidencial, a mediodía y con el ex Presidente vestido con uno de sus lujosos trajes, con las botas y el sombrero puesto, como en el viejo oeste, pero de igual forma, como en el viejo oeste, habríamos tenido que mostrar al mundo las bolsas negras llenas de militares, policías y ciudadanos hondureños muertos en dicha operación, solo con la finalidad de saciar el apetito de sangre de la OEA.
Se ha cometido una gran injusticia con Honduras, se ha cometido una gran injusticia con el ejército hondureño y con su pueblo. Todo porque a la OEA no le fue posible concebir que este pequeño país de Morazán tuviera su hora más brillante y se librara de una tiranía cuando a ellos esto les había tomado décadas, como dijo la señora Presidenta de Argentina o el señor Presidente de Paraguay.
Y por esto, repito, no me queda más consuelo en este momento que pensar en las vidas que se salvaron y en la frase lapidaria de Morazán al morir a manos de sus “hermanos” centroamericanos: “la posteridad nos hará justicia”.