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Cierta cuestión moral

Honduras, 29.05.12 - Julio Escoto: diarioSPAMFILTER@elheraldo.hn

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Julio Escoto

Entre los filósofos modernos es probablemente Mel Brooks quien mejor pinta desde la cinematografía el enfrentamiento contemporáneo entre humanismo y alienación. Con sabrosa ironía, y más con sarcasmo, Brooks ("La loca historia del mundo") enseña que en gran parte del orbe continúa habiendo individuos que quedaron estancados en formas de pensamiento rígido y violento, en vez de acceder a la tolerancia, la convivencia y comprensión del otro.

Es decir que hay aún millones de cerebros que actúan como en edad de piedra, cuando el fuerte fijaba las reglas comunales y cuando la ley era ejercicio del poderoso sobre el débil. Allí valían nada los criterios contemporáneos de respeto a la vida, de propiedad honesta, dignidad de la persona, escogencia por las mayorías y consideración hacia las minorías. Un dictador o grupo hegemónico –ya se nominara élite capitalista o vanguardia soviética– se hacía del Estado y mandaba, sin preguntas, contra los demás. La historia repite ese vicio desde Babilonia a Hitler, pasando por los egipcios, Gengis Khan, los romanos, los otomanos, Stalin, Duvalier, otros...

Hegel consideraba a América "país del porvenir" porque no tenía historia, no al estilo europeo; Darwin, Humboldt, incluso José del Valle (hoy calificado padre de los estudios culturales) investigaron la naturaleza y culturas americanas para comprenderlas desde ángulos humanistas, no exclusivamente eurocéntricos; finalmente Levy Strauss, en "El pensamiento salvaje", uniforma, ecualiza al pensamiento terreno en unidad y demuestra que las preocupaciones, júbilos y horrores de todos los hombres son semejantes. Sigue habiendo mentes superiores pero no dignidades superiores, ni las de los reyes; todos estamos sometidos igualitariamente al peso de las leyes naturales, las de la armonía y del bien como principios del cosmos.

De allí que sorprenda cómo personas con las más altas y supuestas, calidades de educación y ética marchen contra la verdad al refrendar lo que el mundo ya etiquetó como error político, el rompimiento constitucional en Honduras. Óscar Andrés Rodríguez no solamente lo ha validado en persona y como dirigente de la Conferencia Episcopal, sino que adicionalmente –en un gesto que solo puede ser provocación a medio país, digamos, opuesto al golpe, o bien confusión, turbiedad ideológica– ha elevado a los altares en categoría de héroe, en dignidad de patricio a un insignificante capataz militar que es paradigma de traición.

Abusando de sus investiduras, tal es un error frecuente en quienes son o se imaginan "intelectuales", o que a lo menos leen y piensan: creer que su manejo de una materia (la palabra, la fe, la sociología, la historia) genera transferencias automáticas al campo político, y que lo que dicen bajo un determinado código se acepta obligadamente en otros. Acostumbrados como viven a la comunicación unidireccional (por el discurso, el aula, el sermón) se envanecen y creen que su verbo es autoridad en cualquier tema y que el público subordinado obedecerá, como si careciera de raciocinio propio. Su fatuidad llega a tal extremo que adornan de profecía la palabra, y a tal grado que alucinan construir al mundo con solo pronunciarlo, émulos de Dios. Pobrecito Dios, protestaría Teilhard de Chardin, es el más abusado entre nosotros.

Peor, tal conducta muestra desprecio e irrespeto al auditorio y feligresías, proveniente para mayor deshonra de sus "líderes" y pastores; es un rompimiento ético. Desconoce al pasado pues iguala a próceres con pícaros; se mofa de lo que es verdadera, y deseada, independencia de los pueblos; exalta lo desleal y corrupto; exhibe a modelos erróneos; emplea su posición para diseminar ideas retrógradas, cuales son las del imperio del sable del bruto y no de la democracia y la civilidad. Luego, arrepentidos, sugieren cristiana reconciliación, como si los crímenes merecieran ni olvido ni perdón. Incluso el espíritu más simple se irrita contemplando tanto error y cinismo, esto que es un modo culto de decir que cuesta contener la repulsión.

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