Las amenazas, el asesinato y la falta de seguridad para los jueces se convierten en una nueva garantÃa de impunidad para los delincuentes y, por lo tanto, en un incremento de la criminalidad que tanto daño causa a Honduras y a los hondureños.
Como hemos reiterado insistentemente en este espacio editorial, la impunidad de que gozan los delincuentes es el principal factor del aumento de la inseguridad en el paÃs.
La impunidad es producto de que la capacidad de los operadores de justicia ha sido rebasada en diferentes formas, comenzando por el número de los hechos: demasiados casos para unos pocos investigadores y fiscales, insuficientes policÃas preventivos para cumplir con todas las órdenes de captura expedidas, un número de jueces insuficiente para atender toda la demanda y un sistema penitenciario colapsado por el hacinamiento y otras carencias.
Todo va para peor, sin embargo, si a lo anterior agregamos, ahora, que los pocos delincuentes a los cuales se les logra poner a las órdenes de la justicia, principalmente los que pertenecen al crimen organizado, tienen la capacidad para amedrentar a los jueces, logrando asà veredictos que garantizan su impunidad.
Esta triste realidad se ha reafirmado después del asesinato, a principios del presente mes, de una jueza, ya que muchos de sus colegas, hombres y mujeres, en medio de la consternación, reconocieron anónimamente que son vÃctimas de todo tipo de amenazas y que, para colmo, no cuentan con la mÃnima seguridad personal por parte de las autoridades correspondientes.
Con jueces que temen por su seguridad personal y la de sus familias, y que al igual que el resto de la ciudadanÃa se sienten desprotegidos, no deberÃa extrañarnos que se den veredictos favorables a los delincuentes cuando hasta el sentido común pone en evidencia su culpabilidad.
Y es que existe una realidad incuestionable: la inseguridad es un problema complejo, con múltiples aristas, por lo que combatirlo requiere de acciones integrales que trascienden la mera expresión de buena voluntad, medidas aisladas o golpes de efecto.
En este caso, por ejemplo, de muy poco sirve mejorar el accionar de policÃas y fiscales, construir cárceles de máxima seguridad o reducir la edad punible si la criminalidad mantiene la capacidad de asesinar o aterrorizar a los jueces. Asà no hay manera de aplicar correctamente la justicia y lo que se produce es lo inverso: el fortalecimiento de la impunidad.